2. Retos ante la inseguridad, las violencias y la desigualdad

Foto de Colectiva Lavanda

Transformar el orden de género en México: violencia y pandemia

 
Amneris Chaparro

Centro de Investigaciones y Estudios de Género, UNAM

@AmnerisChM

 

 

 

¿Quédate en casa?

Como parte de las medidas para evitar la propagación de la COVID-19, desde marzo las autoridades sanitarias federales y locales han pedido a la ciudadanía que se quede en casa. Esta medida tiene el loable objetivo de salvar vidas. Sin embargo, y contrario a muchas creencias populares, la casa no siempre es el lugar más seguro para muchas personas, en particular para las mujeres[1].

En tiempos prepandémicos, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH)[2] reportaba que el 10.3% de las mujeres había experimentado violencia en el ámbito familiar. La mayoría de los casos de violencia, 67.1%, ocurrieron en casa de la mujer, los principales agresores fueron los hermanos, el padre y la madre, aunque para el caso de la violencia sexual los principales agresores fueron tíos y primos. En cuanto a la violencia por parte de la pareja, el 43.9% de las mujeres dijo haber sufrido violencia durante su relación actual y 25.6% en el último año. Más del 90% de las encuestadas no denunciaron ante las autoridades correspondientes.

La fotografía que nos presenta la ENDIREH es parte de un mosaico más grande y doloroso donde la violencia contra las mujeres opera bajo el abrigo de la impunidad. Por ejemplo, los últimos datos ofrecidos por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública[3] indican que durante el primer trimestre de este año 244 mujeres fueron asesinadas; esta cifra es 1.6% mayor al mismo periodo en 2019 y coloca a México en el deshonroso segundo lugar en feminicidios en América Latina, sólo después de Brasil[4]. Por cierto, el 40% de los feminicidios son perpetuados por la pareja de la víctima y ocurren en la casa[5].

La actual crisis biopolítica nos sitúa en un escenario sin precedentes en donde, para sobrevivir, hay que confinarse. El confinamiento supone restricciones a algunas de nuestras libertades como el libre tránsito y la libre asociación. Ahora bien, muchas de esas restricciones no son precisamente nuevas para las mujeres en tanto que, por su condición de género, han sido objeto de prohibiciones y limitaciones a lo largo de la historia.

En este sentido, el espacio público, el espacio doméstico y la división sexual del trabajo son construcciones generizadas que funcionan a partir de un principio de desigualdad natural[6]. Ese principio sugiere que las diferencias innatas, biológicas y hasta cromosomáticas son las que determinan nuestra pertenencia a espacios sociales diferenciados mas irremediablemente relacionados. O, en términos más coloquiales, que aunque los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, se complementan de manera armónica. Curiosamente, las mujeres son colocadas en posiciones y espacios de subordinación, vulnerabilidad y carentes de prestigio; mientras que los varones ocupan posiciones y espacios de poder social, político y económico.

Siguiendo esta lógica, es natural que las mujeres sean confinadas a la casa, que se dediquen a las labores domésticas y de cuidados sin pago alguno, que encuentren su felicidad en servir a los demás y que, como decía Simone de Beauvoir, se conformen con la inmanencia. Mientras que es natural que los varones sean dueños del mundo, que se ocupen del trabajo remunerado, que su felicidad esté asociada a la consecución de prestigio y que su destino sea la trascendencia[7].

La asociación de las mujeres con el espacio doméstico tiene diversas consecuencias. Por un lado, encontramos la normalización de la doble jornada laboral o el sacrificio de tener que elegir entre la vida familiar y la vida profesional; y, por otro, tenemos la existencia de un número preocupante de sanciones sociales que van del acoso callejero hasta la violencia cuando las mujeres osan ocupar espacios que no les pertenecen.

Esta descripción de los espacios sociales generizados que se rigen a partir del principio de desigualdad natural contrasta enormemente con proyectos contemporáneos que demandan justicia social. Cualquier sociedad que se jacte de ser justa y democrática debe regirse por principios de igualdad, pero ¿cómo lograr ese objetivo si la primera estructura de socialización es jerárquica, antidemocrática y acrítica de los posicionamientos y papeles de sus integrantes? ¿Cómo avanzar hacia una sociedad más justa, si cualquier crítica al espacio doméstico se topa con reacciones que buscan mantener el status quo, que lo idealizan y lo encuentran inmejorable?

 

Violencia contra las mujeres y pandemia

La conceptualización de la violencia constituye una de las aportaciones más importantes realizadas por las feministas. No solo se trata de nombrar un fenómeno que afecta a millones de mujeres en todo el mundo, o de crear aparatos legales robustos para su atención, sino de buscar la desnaturalización de los mandatos de masculinidad que yacen detrás del ejercicio de la violencia.

La violencia contra las mujeres es una de las expresiones más dramáticas de la desigualdad de género. En sus múltiples expresiones, la violencia es un mecanismo de dominación que busca mantener a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y subordinación que, hay que añadir, se exacerba en el cruce con otras categorías de diferenciación como la raza, la clase social, la orientación sexual y la edad.

La complejidad del fenómeno de la violencia contra las mujeres ha llevado a pensarla a partir de dimensiones muy específicas que no se limitan a la violencia física o sexual sino que también toman en cuenta componentes emocionales y económicos. Asimismo, la violencia contra las mujeres tiene dos cualidades importantes: puede pasar desapercibida en tanto se oculta bajo ideales como el del amor romántico y envía un mensaje contundente a todas las mujeres sobre lo que puede ocurrirles si desafían los mandatos de género.

Dadas las características de la violencia contra las mujeres, así como su papel en el sostenimiento de un sistema de desigualdades, parecería plausible afirmar que ninguna pandemia –por terrible que sea- va a detenerla. Pero, ¿tenemos ya elementos para suponer que el confinamiento sí provoca cambios significativos en las dinámicas al interior de los hogares? ¿Hay realmente más violencia? Una respuesta modesta sugeriría que aún es pronto para calcular el impacto de la pandemia al interior de los hogares. Sin embargo, lo expuesto hasta ahora, nos brinda elementos suficientes para pensar mal: es decir, que el confinamiento sí genera más violencia.

La “Línea Mujeres” de Locatel se encarga de recibir llamadas donde se denuncian casos de violencia de género. Los reportes de llamadas para los primeros cinco meses de 2020 indican lo siguiente: enero, 679 llamadas; febrero, 996; marzo, 1435; abril, 1068; y mayo, 337[8]. Hay que recordar que el confinamiento comenzó en la última semana de marzo y que la información de mayo solo abarca los diez primeros días.

Por su parte, la Red Nacional de Refugios, A.C. informó que en el periodo del 17 de marzo al 20 de abril brindó atención a 2,633 personas. De estas, más del 75% son mujeres y reportaron vivir violencia por parte de su pareja[9]. En contraste, los Centros de Justicia para las Mujeres reportaron una disminución de 2.6% en el número de mujeres atendidas en el primer cuatrimestre de 2020[10].

Es importante no apresurar conclusiones. A manera de hipótesis de trabajo, puede sugerirse que la disminución en casos reportados tiene que ver con que las mujeres conviven con su agresor todo el tiempo, están sobrecargadas de labores o no reparan que lo que viven implica formas de violencia. Asimismo, hay que hablar de las repercusiones psicológicas que la pandemia tiene en las personas para entender las transformaciones de la dinámica en el hogar. Quedarse en casa representa una transición difícil para muchos varones que, además, se enfrentan a la incertidumbre económica, la ansiedad y hasta el horror de darse cuenta de que las tareas domésticas no se hacen por arte de magia.

Sumado a esto, encontramos la inercia de la no denuncia. La ENDIREH de 2016 proporcionaba datos alarmantes sobre la abrumadora mayoría de mujeres que deciden no denunciar por razones que van desde considerar la violencia como algo sin importancia, miedo a las consecuencias, amenazas, vergüenza, no saber cómo o dónde denunciar, pensar que nadie les creería o que se les culparía, así como no denunciar porque piensan en sus hijos, y la desconfianza en las autoridades.

 

Tiempos de feminismos

El problema de la violencia contra las mujeres no son los lugares donde esta ocurre. El problema no se resuelve encerrando a las mujeres o declarando toques de queda; ni siquiera se resuelve con leyes más duras. El problema es el orden de género, ese sistema de jerarquías naturalizadas, que utiliza a la violencia como mecanismo de perpetuación de las desigualdades entre mujeres y hombres. El gran éxito de ese sistema es justamente pasar desapercibido, sobre todo para quienes más se benefician de él.

Los éxitos del sistema incluyen esencializar a las mujeres confinándolas exclusivamente a los dictados de la biología; considerarlas frágiles y vulnerables para justificar las restricciones a sus libertades; pensarlas en función de su relación con otros (madres, hijas, esposas) y no como individuos capaces y autónomos; minimizar y cuestionar sus reclamos y denuncias, porque han sido manipuladas por alguien más o porque obedecen a intereses ocultos y desestabilizadores. 

En este tenor, existe un contraste entre las instancias del gobierno dedicadas a abordar los problemas de la violencia contra las mujeres y la visión del presidente Andrés Manuel López Obrador. De manera específica, cuando el presidente afirma que las familias mexicanas son fraternas o que el feminismo quiere cambiar el rol de las mujeres, estamos ante una visión conservadora de las mujeres y de la realidad. Si bien esta visión no es exclusiva de López Obrador, es preocupante que un discurso aparentemente progresista pase por alto la que tendría que ser la primera gran transformación social, a saber: la del orden de género.

Transformar el orden de género supone muchas cosas. La primera es el cuestionamiento de los propios privilegios. Entender que nuestro posicionamiento social y, por ende, nuestra percepción de la realidad, depende en buena parte del trabajo invisibilizado de las personas más precarizadas de la sociedad e implica un cuestionamiento de las estructuras que facilitan esas dinámicas de dominación. En segundo lugar, es necesario cuestionar el acomodo de los espacios sociales y nuestro lugar en ellos. La pandemia nos ayuda a visibilizar el fenómeno de la violencia a partir de la desmitificación del hogar como unidad armónica, fraterna y ajena a la violencia. Las familias son estructuras importantes de la sociedad; son lugares de socialización primaria que, sin embargo, se rigen por un principio tradicional y antidemocrático que implica obstáculos para la construcción de una ciudadanía plena en tanto que constriñe a algunas de sus integrantes. Tenemos que pensar, como dice Judith Butler, en otras maneras de convivencia que se rijan por otros principios para dar pie a una sociedad incluyente y más justa[11].

Aunque la COVID-19 ha cambiado nuestra realidad, el orden de género parece encontrar nuevas maneras de persistir. Por lo tanto, las tareas de transformación social no pueden ser meramente individuales; el trabajo institucional es fundamental. En México, ha habido avances muy importantes en cuanto a diseño institucional y políticas públicas con perspectiva de género. Esos avances pueden verse seriamente erosionados, si no comprendemos cuál es la apuesta de los feminismos que protestan masivamente en las calles y en las redes sociales, si se descalifica a las mujeres porque se quejan, hacen ruido o intervienen paredes y monumentos y si no se invierte presupuesto público en procesos de institucionalización y transversalización de la perspectiva de género. El trabajo de transformación empieza por la casa propia.

 

 

Referencias

 

[1] Voy a hablar de mujeres para referirse a todas aquellas personas que encarnan valores de feminidad. Asimismo, mi principal interés es referirme a las dinámicas de violencia que las mujeres enfrentan por su condición de género. En ese sentido, solo voy a enfocarme en la violencia que los varones perpetúan en contra de las mujeres; esto no significa que no esté al tanto de la existencia de la violencia perpetuada entre varones y el grave problema que esta representa, pero mi objeto de discusión es otro.

[2] INEGI (2016). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares. En https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/endireh/2016/doc/endireh2016_presentacion_ejecutiva.pdf

[3] Monroy, J. (2020). “Feminicidios en México se mantienen al alza; crecieron 1.6% en primer trimestre del 2020”. El Economista. En https://www.eleconomista.com.mx/politica/Feminicidios-en-Mexico-se-mantienen-al-alza-crecieron-1.6-en-primer-trimestre-del-2020-20200421-0112.html

[4] Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (2018). Feminicidio. CEPAL. En https://oig.cepal.org/es/indicadores/feminicidio

[5]INEGI (2019). Patrones y tendencias de los homicidios en México. En http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/Productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/nueva_estruc/702825188436.pdf

[6] Serret, E. (2004). Género y Democracia. México IFE.

[7] de Beauvoir, S. (2008). El segundo sexo. Madrid: Cátedra.

[8] CIEG (2020). “Seguimiento de llamadas a ‘Línea Mujeres’ de Locatel”. En https://cieg.unam.mx/covid-genero/seguimiento-llamadas.php

[9] CIEG (2020). “Red Nacional de Refugios, A.C.”, En https://cieg.unam.mx/covid-genero/refugios.php

[10] INMUJERES (2020). “Violencia contra las mujeres. Indicadores básicos en tiempos de pandemia”. En https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/558770/vcm-indicadores911.pdf

[11] Butler, J. (2020). “El capitalismo tiene sus límites”, en Sopa de Wuhan. ASPO. En http://iips.usac.edu.gt/wp-content/uploads/2020/03/Sopa-de-Wuhan-ASPO.pdf

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