2. Crisis sanitaria: Mexicanos en EUA, Europa y Centroamérica

Foto de REUTERS/Flavio Lo Scalzo.

Europa, epicentro de la pandemia COVID-19. Estado terapéutico y democracia

 
Giovanna Campani

Profesora de Antropología Cultural, Universidad de Florencia (Italia)

La crisis global provocada por la epidemia del coronavirus es sin duda la más grande que las generaciones humanas afrontan después de la Segunda Guerra Mundial.

Epidemias y pandemias no son nada nuevo en la historia de la humanidad. Sabemos que, tras el contacto europeo, docenas de epidemias barrieron las Américas devastando a las poblaciones del nuevo mundo. Estas enfermedades infecciosas introducidas por los soldados españoles provocaron millones de muertos - en México la epidemia cocolitzli (mal, enfermedad, en idioma Náhuatl) que se produjo entre 1545 y 1550 provocó entre 12 y 15 millones de muertos.

En una época más reciente, hace precisamente cien años, la pandemia de gripe de 1918, también denominada incorrectamente gripe española, causada por un brote del virus Influenza, provocó la muerte de entre 20 y 40 millones de personas en el mundo. Para entonces, con los adelantos conseguidos en la higiene y la sanidad, las autoridades consideraban orgullosamente haber desarrollado servicios sanitarios capaces de dejar en el olvido las pasadas epidemias de cólera y peste, cuya bacteria fue descrita y cultivada por Alexandre Yersin en Hong Kong en 1894.

El epicentro de la pandemia: Europa

Una convicción parecida a la de nuestros antepasados de los años veinte, orgullosas de sus logros en el campo médico, confortaba hasta hace poco a nuestras sociedades industriales y tecnológicas: las epidemias -como Ébola- parecían destinadas a golpear países pobres, pero no amenazaban a las sociedades europeas dotadas de sistemas de salud públicos considerados como los mejores del mundo. Las primeras imágenes de la ciudad china de Wuhan, enferma y en cuarentena, parecían las de un cuento del siglo XVII o XVIII como en la peste de Marsella de 1720 cuando toda la Provincia fue aislada o las de una película de Hollywood sobre un futuro distópico; en fin, algo muy alejado de Milán o de París. Pero la pandemia encontró precisamente en Europa su epicentro.

Más de un millón y medio de casos de contagio por el nuevo coronavirus han sido diagnosticados en Europa, algo menos de la mitad del total mundial, según un recuento reportado por la agencia noticiosa AFP y unas 140,260 muertes, de las 227.991 ocurridas en el mundo. Europa sigue siendo el continente más afectado por la pandemia de Covid-19: España, con más de 213.000 casos (456 casos por cada 100.000 habitantes, es decir, el segundo país con más contagiados), seguido de Italia, con más de 201.000 (337 casos por 100.000 habitantes); tras ellos se sitúan Reino Unido (250 casos por 100.000 habitantes) y Alemania (195 casos por 100.000 habitantes), ambos países con más de 160.000 casos cada uno; Francia, con más de 128.000  casos (121,77 por cada 100.000 habitantes).

La pandemia en Europa representa un gran desafío para los sistemas de salud pública, cuya misión es asegurar un cuidado adecuado a todos los ciudadanos (algo muy diferente del sistema de salud de Estados Unidos que garantiza solamente a quienes tienen un seguro individual). A pesar de tener un modelo parecido (el estado de bienestar), los sistemas de salud de los países europeos han revelado profundas diferencias frente a la pandemia.

En Alemania y, más en general, en los países de Europa del Norte, los sistemas sanitarios públicos siempre tuvieron bajo control la epidemia y nunca fueron saturados, mientras que en el caso de Italia, España y también Francia, se atestiguó el riesgo del colapso de los sistemas de salud frente a una gran carga de pacientes necesitados de cuidado intensivo. La crisis de los sistemas de salud frente a la pandemia ha revelado el impacto de los recortes que han sido introducidos después de la crisis de 2008 y de las políticas de austeridad, impulsadas por la misma Unión Europea.

En general, la crisis de los sistemas sanitarios de Europa del Sur, pero también de Francia y Reino Unido, ha mostrado toda la fragilidad de la organización social inspirada en el modelo económico neoliberal, basado en la reducción de los sistemas de protección social y la renuncia a hacerse cargo del individuo por parte del Estado, en lugar del mercado. En el caso de los sistemas de salud pública, esto significó menos inversiones por parte del Estado, privatizaciones y métodos de gestión empresariales, orientados a reducir los gastos y sacar beneficios pecuniarios. Estas prácticas siempre fueron denunciadas y ahora, frente al desastre de la pandemia, aún más, por los partidos de izquierda, como por ejemplo Podemos en España o La France Insoumise en Francia.

El confinamiento en países democráticos

Frente a la epidemia, Italia, el primer país europeo afectado, optó por un modelo de “lockdown” o confinamiento rígido y estricto, utilizado en la ciudad de Wuhan en China. Este tipo de confinamiento fue introducido primero en algunas áreas, después en algunas regiones y al final en todo el país. Algunas semanas después de Italia, Francia y España han optado también por esta política frente al creciente número de casos de enfermos y el riesgo de un colapso de los sistemas de salud.

Si bien la mayoría de los países europeos optaron por el “lockdown” (cierre de escuelas, empresas, tiendas, cines y teatros, prohibir aglomeraciones...), la manera en la cual ha sido normado el confinamiento de las poblaciones presenta variaciones significativas desde el punto de vista del derecho, de la relación ciudadanía-Estado y, al final, de la democracia. Hay una correlación entre confinamiento más estricto y capacidad de acogida de los enfermos en las terapias intensivas de los hospitales. Así, Alemania (como muchos países del Norte- con un número muy alto de plazas en la terapia intensiva) ha podido evitar una cuarentena estricta, que restrinja demasiado la libertad de los ciudadanos, limitándose a poner importantes restricciones en todo su territorio, incluido el cierre de escuelas y centros culturales, la prohibición de agrupaciones de más de dos personas, la anulación de las grandes concentraciones, como los conciertos o los eventos deportivos.

Si el “lockdown” ha sido una respuesta común de los países europeos frente a la pandemia  -con la excepción de Suecia, que vamos a analizar luego-, las diferencias en las limitaciones de libertad de los ciudadanos han sido todavía muy significativas. Así en Italia, España y Francia, la introducción de un estado de emergencia sanitaria y de medidas de confinamiento se ha acompañado de limitaciones importantes de libertad para las poblaciones, autorizadas a salir de casa solamente por motivos específicos y con una autocertificación[1]. En otros países europeos -de Alemania a Holanda o Portugal, o Reino Unido-, la autocertificación no ha sido necesaria y se ha insistido más en la cooperación de las poblaciones. El tema de la autocertificación y del control policial es un indicador de la relación de conciencia que puede existir entre la ciudadanía y el Estado.

Sin entrar en el debate sobre la evidencia científica del impacto de las medidas de “lockdown” para la lucha contra la enfermedad (el debate entre los médicos, favorables a las cuarentenas, y sus opositores existía ya en los siglos XVIII y XIX)[2] la introducción del confinamiento, establecido la primera vez en China, en Wuhan, al principio de la epidemia, supone diferentes problemas en términos de la proporcionalidad de la amenaza a la salud frente a otros factores (económicos, sociales y psicológicos) y también en términos de derechos, pues se antepone un derecho, el de la salud, que sería más importante que todos los otros derechos, e incluso más que la democracia.

Estado de excepción y vida desnuda

Italia fue el primer país democrático europeo en introducir las medidas de un confinamiento “duro” a finales de febrero en una zona de Lombardía, y luego en todo el país. Fue algo que nunca se había producido en la historia de las democracias europeas. La cuarentena de la ciudad de Wuhan y de la provincia de Hubei había sido vista por el mundo como expresión de un sistema autoritario -a pesar de su posible eficacia para contener la epidemia.

La población italiana aceptó las limitaciones de libertad, frente a la amenaza de una epidemia que parecía fuera de control. Pero no faltaron las críticas.

En marzo de 2020, el filósofo italiano Giorgio Agamben hizo estas declaraciones a un diario italiano[3]: «Desde muchos ángulos, se formula la hipótesis de que en realidad estamos experimentando el fin de un mundo, el de las democracias burguesas, basadas en los derechos, los parlamentos y la división de poderes, que está dando paso a un nuevo despotismo, que será peor que los totalitarismos que hemos conocido hasta ahora en cuanto a la omnipresencia de los controles y el cese de toda actividad política. Los politólogos estadounidenses lo llaman el Estado de Seguridad, que es un estado en el que ‘por razones de seguridad’ (en este caso de ‘salud pública’, un término que sugiere los notorios ‘comités de salud pública’ durante el terror), se puede imponer cualquier límite a las libertades individuales)”.

Frente a las medidas introducidas en Italia, Agamben retomó algunos conceptos: el estado de excepción (justificado como por la pandemia y la protección de la salud) y la vida desnuda (reducida a pura existencia biológica). “¿Qué es una sociedad que no cree en nada más que esa vida biológica desnuda, dispuesta a dejar de lado, para no perderla, la amistad, los afectos, las convicciones...?¿Qué es una sociedad que no tiene otro valor que el de la sobrevivencia?”[4]

En otra entrevista, Agamben también advierte sobre el poder excesivo de los médicos en los diversos comités científicos consultados por los gobiernos: "Siempre es peligroso confiar a los médicos y científicos decisiones que son en última instancia éticas y políticas". Verá, los científicos, correcta o incorrectamente, persiguen sus razones de buena fe, que se identifican con el interés de la ciencia y en cuyo nombre, la historia lo demuestra ampliamente, están dispuestos a sacrificar cualquier escrúpulo de un orden moral. No necesito recordar que bajo el nazismo los científicos altamente respetados dirigieron la política eugenésica y no dudaron en aprovechar los campos para llevar a cabo experimentos letales que creían que eran útiles para el avance de la ciencia y el cuidado de los soldados alemanes. En el presente caso, el programa es particularmente desconcertante, porque en realidad, incluso si los medios lo ocultan, no hay acuerdo entre los científicos"[5].

Otros intelectuales italianos, como Francesco Benozzo, poeta, cantautor y filólogo, candidato al premio Nobel de la Literatura en 2016, han criticado la “abolición del estado de derecho a favor del estado terapéutico”, recordando cómo esta abolición también tiene efectos económicos devastadores[6]. El estado terapéutico -comentan- pronto dará paso a un estado de hambruna, la continuación y, al mismo tiempo, la nueva versión de la austeridad. De la emergencia de salud, pasaremos a la emergencia económica y esto creará quizás menos muertes, pero ciertamente muchos problemas sociales.

También en Francia, varios intelectuales han sido críticos. La Comisión Consultiva Nacional de Derechos Humanos reveló su preocupación por el hecho que "El estado de emergencia de salud no justifica tal desproporción en la violación de derechos". Para identificar posibles violaciones por parte de las autoridades, ha establecido un observatorio. El presidente de la Comisión, Jean-Marie Burguburu, ha declarado al diario Le Monde: “Con el establecimiento de una emergencia de salud para luchar contra la epidemia de Covid-19, nuestro estado de derecho se ve socavado por medidas excepcionales que violan nuestros derechos fundamentales - libertad de movimiento, reunión, trabajo [...] Nuestra misión es verificar que la aplicación de estas medidas siga siendo necesaria, proporcionada, excepcional, no discriminatoria y temporal. Y para monitorear posibles violaciones de derechos y libertades. Este instrumento, creado con urgencia, permite la retroalimentación inmediata de las asociaciones en el campo. Nuestras recomendaciones apuntan a alertar a las autoridades, esperando que reaccionen rápidamente”.

¿Terror mediático global?

La cuestión de la proporcionalidad entre enfermedad y medidas es muy importante frente a un estado terapéutico que toma medidas tan draconianas. Objetivamente Covid-19, por grave y anómalo que sea, representa un pequeño porcentaje del riesgo de muerte que cada uno de nosotros enfrenta cada día de su vida, teniendo la certeza de que el evento temido ocurrirá en un día determinado y con una probabilidad creciente conforme avanzan los años. Esto no tiene nada que ver con el juicio de la gravedad de la enfermedad, que de hecho causa daños muy variables, que van desde un simple resfriado hasta la muerte más atroz, pero sí tiene que ver con la representación política y mediática del virus. Tiene que ver con el lenguaje de “guerra” utilizado por los políticos europeos, con la definición mediática del virus como “enemigo invisible”, con las imágenes escalofriantes de los hospitales y los enfermos[7].

Sin embargo, la idea compartida por el grueso de las poblaciones sometidas a confinamientos muy estrictos -obligadas a quedarse en casa- es que nos enfrentamos a un monstruo de dimensiones aterradoras, del cual solo podemos defendernos con la medida extrema de encierro y distancia social a la espera de la panacea de la vacuna masiva, posiblemente obligatoria. En este escenario, no hay espacios para una participación ciudadana de jóvenes (que -se sabe- son raramente víctimas de la enfermedad), para acciones solidarias, de apoyo a grupos vulnerables, a niños privados de ir a la escuela, o, incluso, apoyo a la policía, para explicar, pedagógicamente, la importancia del distanciamiento social.

El “terror" frente al virus altera la escala de prioridad normal de la vida, eclipsando cualquier otro valor primario que no sea la mera supervivencia física del aquí y ahora (la vida desnuda de Giorgio Agamben), y no el de las generaciones futuras, que quedan con los escombros de economías en ruina.

Los medios de comunicación tienen una seria responsabilidad en esta situación. Mientras las fronteras se cierran y los aviones permanecieron en el suelo, lo que queda de la globalización son los medios de comunicación, omnipresentes en las casas de los confinados. Esta pandemia supremamente mediatizada ha ocupado las redes del mundo. El virus ha eliminado todos los otros temas- los atentados de Isis a Ibdil, la guerra en Yemen, la condición de los refugiados sirios en las islas griegas...

El Covid-19 es la primera pandemia de la aldea global, en un mundo que ha dejado de ser global por los intercambios de viajeros cruzando aeropuertos, pero sigue siéndolo por la existencia de las redes de Internet.

Expertos en todos los sectores nos traen análisis pedantes, destinados sobre todo a marcar su lugar en el espacio de los medios. Abundan los artículos, agregando palabras a palabras. Las interpretaciones y los escenarios futuros se parecen - en sus afirmaciones contradictorias- al incipit de la novela de Dickens, Historia de Dos Ciudades: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”; todo va a cambiar, todo va a estar igual; las sociedades serán mejores, las sociedades conocerán la barbarie; la ecología va a orientar las decisiones políticas, la crisis va a obligar a los gobiernos a abandonar la transición ecologista...

¿Qué va pasar con las fronteras? ¿Se abrirán otra vez en un ímpetu de fraternidad universal? ¿O nos espera un universo orwelliano, bajo el control del Gran Hermano, prefigurado por el confinamiento al que están sometidas tantas poblaciones incluso en países democráticos (Harari, 2020)?[8]

El ejemplo de los países de Europa del Norte. ¿Puede existir una gestión democrática de las pandemias?

Existe un cuestionamiento sobre la legitimidad o no de la gestión centralizada y militarizada (como la de China), adaptada a algunos países europeos. El debate incluye la pregunta sobre la proporcionalidad entre la contención epidemiológica y la preservación socioeconómica de la mayoría de la población. Algunos Estados favorecieron eso, al menos inicialmente, en un intento de adquirir la "inmunidad colectiva" (Reino Unido inicialmente, los Países Bajos, Suecia) y son, en muchos aspectos, la versión actual de los anti-cuarentenistas del siglo XIX (ver nota 2).

Entre los países que han mostrado que la enfermedad puede ser vencida o por lo menos controlada sin la imposición de un confinamiento estricto, están los países de Europa del Norte y sobre todo Suecia. Ninguno ha impuesto el confinamiento, aunque sí restricciones a la movilidad y distancia social, sobre todo Dinamarca y Noruega, y todos han tenido éxito en la contención de la epidemia, lo que se ha traducido ya en una reapertura gradual y lenta de la sociedad en estos dos últimos países.

Suecia ha adoptado una línea contra el coronavirus más suave que el resto, siguiendo el criterio de las autoridades sanitarias, con muchas recomendaciones y alguna restricción, pero sin cerrar escuelas, guarderías, bares ni restaurantes, aunque fijando limitaciones a su actividad. Lejos de las cifras de España, Italia o Francia, Suecia (con algo más de 10 millones de habitantes) supera no obstante los 2.000 fallecidos, con un índice de mortalidad que duplica el de Dinamarca y cuatriplica el de Noruega y Finlandia.

Suecia es un caso atípico en la escena europea que ha mostrado cómo la libertad individual puede ser combinada con una la protección de la salud de los ciudadanos y el estado de derecho, en una colaboración entre políticos y científicos[9].

Recientemente, cuando los países europeos empiezan a abandonar el confinamiento, algunos políticos alemanes han pedido más equilibrio entre los aspectos sanitarios y los aspectos económicos y sociales en las medidas a tomar frente a la pandemia. El presidente del Parlamento, Wolgang Schaeuble, llamó "un error al subordinar todo a la protección de la vida humana”. "Cuando oigo que todo tiene que ceder ante la defensa de la vida tengo que decir que eso no es una verdad absoluta. Los derechos fundamentales se ponen limitaciones unos a otros. Si en nuestra constitución hay un valor absoluto es la dignidad humana", dijo en una entrevista al diario “'Der Tagesspiegel” (26 de abril de 2010). "Esta es inviolable, lo cual no excluye que tengamos que morir", agregó. Schäuble sostiene que en la crisis actual no se debe dejar las decisiones por completo en manos de los virólogos puesto que hay que considerar también las consecuencias económicas, sociales y psicológicas. "Paralizarlo todo durante dos años tendría consecuencias terribles"[10].

Según el líder de los Verdes en el Bundestag, Katrin Goering-Eckardt, Schaeuble tiene razón porque “una vida debe ser vivida”. También se refirió a lo intocable de la dignidad humana, garantizada por la Constitución alemana.

La idea de que el riesgo del confinamiento estricto representa una sobreestimación del daño a la salud y una subestimación del daño económico y social, además de que vulnera el estado de derecho y la democracia, empieza a abrirse paso en Europa. La cuestión es: ¿hasta qué punto es posible una gestión democrática de la pandemia -como la sueca- con una participación de la población en el esfuerzo, garantizando al mismo tiempo el número más bajo posible de víctimas?

Una lectura de La Peste de Camus puede tal vez ser una ayuda para comprender nuestro tiempo presente. En la novela, mientras las autoridades aprovechan el riesgo y el peligro de contraer la peste para limitar los movimientos de sus ciudadanos, socavando sus derechos y libertades con la excusa de protegerlos, los personajes van dándose cuenta de que la peste es un asunto de todos, y de que tendrán que actuar juntos, porque no hay salvación personal posible. La lucha ha de ser común, o no será.

El periodista uruguayo Ricardo Garlaba (28 marzo 2020)[11] recuerda que el doctor Rieux, el héroe de la novela La Peste de Camus, advierte en sus reflexiones que la restricción a las libertades en pos del bien común puede conducir al gobierno, como en un espejismo, hacia un régimen autoritario. De hecho, toda la novela es un canto a la libertad y la solidaridad por sobre el fantasma del autoritarismo

 

Notas

[1]En España, por ejemplo: “El objetivo del certificado de autorresponsabilidad es que la ciudadanía pueda explicar el motivo de su desplazamiento durante el confinamiento, y que los agentes puedan comprobar si se ajusta o no a realidad y a los casos legales permitidos ante la actual situación de crisis sanitaria por el coronavirus. El documento recoge siete circunstancias concretas: adquisición de alimentos, productos farmacéuticos y de primera necesidad, asistencia a centro, servicio o establecimiento sanitario, desplazamiento al puesto de trabajo, retorno al lugar de residencia habitual, asistencia o atención a personas mayores, menores de edad, dependientes, con discapacidad o vulnerables, desplazamiento a una entidad financiera o de seguro y causa de fuerza mayor o situación de necesidad. En la posibilidad de que haya una causa de fuerza mayor o situación de necesidad, se tiene que especificar cuál”. https://www.elnacional.cat/es/politica/coronavirus-detalles-documento-responsabilidad-llevar- desde-hoy-salir-casa_483666_102.html

[2]En el libro Contagion and the State in Europe, 1830-1930, el historiador Peter Baldwin reconstruye, entre muchos otros aspectos, el impacto del "debate" del siglo XVIII-XIX entre los "contagionistas-cuarentenistas" y sus oponentes en las estrategias contener epidemias devastadoras-pandemias como el cólera, la viruela y la sífilis.

 

[3] Da più parti si va ora formulando l’ipotesi che in realtà noi stiamo vivendo la fine di un mondo, quello delle democrazie borghesi, fondate sui diritti, i parlamenti e la divisione dei poteri, che sta cedendo il posto a un nuovo dispotismo, che, quanto alla pervasività dei controlli e alla cessazione di ogni attività politica, sarà peggiore dei totalitarismi che abbiamo conosciuto finora. I politologi americano lo chiamano Security State, cioè uno stato in cui “per ragioni di sicurezza” (in questo caso di “sanità pubblica”, termine che fa pensare ai famigerati “comitati di salute pubblica” durante il Terrore) si può imporre qualsiasi limite alle libertà individuali. https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-nuove-riflessioni

[4] http://revistasantiago.cl/pensamiento/la-epidemia-vista-por-agamben/

[5] https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/03/24/giorgio-agamben-l-epidemie-montre- clairement-que-l-etat-d-exception-est-devenu-la-condition-normale_6034245_3232.html

[6] https://comedonchisciotte.org/la-sospensione-dellincredulita-nella-grande-truffa-della- pandemia/

 

[7] https://comedonchisciotte.org/la-sospensione-dellincredulita-nella-grande-truffa-della-pandemia/

[8] https://www.ft.com/content/19d90308-6858-11ea-a3c9-1fe6fedcca75

[9] https://www.latimes.com/espanol/internacional/articulo/2020-03-29/suecia-es-un-caso-atipico- en-acciones-contra-el-coronavirus

[10] https://www.dw.com/es/schäuble-dignidad-humana-está-por-encima-de-la-defensa-de-la- vida/a-53252974 

 

[11] https://www.elobservador.com.uy/nota/cuarentena-obligatoria-o-medidas-mas-laxas- que-es-lo-ideal-para-derrotar-el-coronavirus--20203271747

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