1. Más de un año de pandemia y sus implicaciones en la educación

Foto de Jeswin Thomas vía Unsplash

EEUU, México y Centroamérica: Nuevos temas de la cooperación educativa en la región

 
Carlos Heredia Zubieta

Profesor asociado en el CIDE

 

 

 

Resumen: En el gobierno de Trump, Estados Unidos y México se coordinaron para instrumentar el paradigma punitivo de la migración, al que Washington sumó también a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras. ¿Pueden ahora cooperar para enfocar recursos en el desarrollo de la región? ¿Podemos pensar en apoyar la educación, la salud, el acceso sostenible a agua limpia, la creación de espacios libres de violencia para las mujeres? Ahí está la tarea: transitar hacia la seguridad humana, que pone en el centro la protección y el empoderamiento de las personas.

 

1. Poner a las personas en el centro de la cooperación educativa

Empezaré con una nota positiva sobre la cooperación educativa: desde 1990 opera la Comisión México-Estados Unidos para el Intercambio Educativo y Cultural (Comexus), que está encargada de administrar las becas Fulbright / García Robles, que apoyan a estudiantes, investigadores y maestros -mexicanos y estadounidenses-, para que realicen estudios de posgrado, estancias de investigación, docencia y programas de profesionalización en Estados Unidos y México. Estos programas son financiados por los gobiernos de ambos países y, en un pequeño porcentaje, con recursos de empresas y donativos de fundaciones privadas.

Estas oportunidades que nos da la cooperación educativa están al alcance de un pequeño, pero significativo grupo de estudiantes y profesores. Trabajamos para expandir y ampliar las oportunidades que proporciona Comexus.

Ojalá también podamos evolucionar en el enfoque de la cooperación, como lo ha señalado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), del que México forma parte desde que nos volvimos socios de Estados Unidos y Canadá en aquel primer Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Para José Angel Gurría el economista mexicano que concluye 15 años de servicio como Secretario General de la OCDE, es crucial integrar los que eran los análisis tradicionales de la OCDE sobre el crecimiento o la productividad ‘con los temas de no dejar a nadie afuera’.

En este sentido, hacen falta al menos tres transiciones: la primera, expandir y ampliar el número de beneficiarios de la cooperación educativa; la segunda, trasladar el enfoque que hasta ahora tiene como premisa el crecimiento, a uno que ponga en relieve el bienestar; y la tercera, sustituir la absoluta prioridad de la productividad, para poner en el primer plano a la gente.

En franco contraste con lo ocurrido con Comexus, hoy la triple crisis que ha devastado a Guatemala, El Salvador y Honduras (una economía que sólo sirve a un pequeño puñado de personas; la devastación de salud y ambiental causada por la pandemia de Covid-19 y los huracanes Eta e Iota; y la crisis política por el secuestro del Estado por parte de autócratas y de poderes fácticos) hace imperativo extender las oportunidades educativas a niños, niñas, adolescentes y jóvenes, mediante la generación de espacios libres de violencia y la multiplicación de oportunidades para franjas de la población secularmente excluidas, como los pueblos indígenas, campesinos y los barrios populares.

2. ¿Qué cambia con el Plan Biden?

La terca realidad nos recuerda cómo la gestión migratoria y las políticas de cooperación en Washington, México y Centroamérica están muy rezagadas respecto a la crisis humanitaria en la región.

En EEUU, el presidente Biden ha enviado al Congreso una reforma migratoria, que abre puertas a la ciudadanía a jóvenes DACA, y a quienes se encontraban sin documentos en ese país antes del 1° de enero de 2021. Se propone transitar de la criminalización bajo Trump, a un trato digno a los migrantes, sin que ello signifique estimular nuevos flujos hacia el norte. Paradójicamente, las relaciones de cooperación entre Estados Unidos, por un lado, y México y Centroamérica por el otro, dejan de lado que los trabajadores migratorios y los jornaleros agrícolas mexicanos y centroamericanos son quienes levantan las cosechas, edifican los rascacielos, recogen la basura, asean las oficinas, cuidan a niños y ancianos, y tantos otros servicios esenciales, sin que sus derechos laborales sean reconocidos ni su dignidad respetada.

La economía estadounidense es adicta al trabajo barato de mexicanos y centroamericanos, pero no abre suficientes vías para que dichos trabajadores puedan laborar en un marco regulado y legal.  Entonces: ¿quién ayuda a quién? De lejos, la mayor cooperación para el desarrollo de México y Centroamérica son las remesas de sus trabajadores migratorios a sus familias y comunidades de origen. En 2020 este monto superó los 40 mil millones de dólares en México, mientras que las remesas de guatemaltecos, salvadoreños y hondureños a casa rebasaron los 23 mil millones de dólares. En este último caso, los montos por remesas de los tres países centroamericanos combinados, son 20 veces mayores que la asistencia externa vía la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID).

El plan del presidente número 46 de Estados Unidos para fortalecer la seguridad y la prosperidad, en colaboración con los pueblos de Centroamérica - una estrategia regional integral de cuatro años y cuatro mil millones de dólares- se propone expresamente estrechar la colaboración con los pueblos: https://joebiden.com/es/el-plan-de-biden-para-fortalecer-la-seguridad-y-la-prosperidad-en-colaboracion-con-los-pueblos-de-centroamerica/

En lo relativo a la educación, el Plan Biden plantea ‘Priorizar el desarrollo del capital humano: trabajar con los sectores público y privado para dar oportunidades de capacitación a los jóvenes de la región, al tiempo que respalda más becas para que los estudiantes centroamericanos estudien en los Estados Unidos’.

En Honduras y El Salvador el porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años que no estudian y no trabajan es de 27.70% (525 mil 900) y 28.40% (344 mil 300), respectivamente. Asimismo, la tasa de informalidad laboral, en el mismo rango de edad, alcanza 7.9 por ciento y 10.1 por ciento. En el marco del Plan de Desarrollo Integral El Salvador – Guatemala – México – Honduras, cuya propuesta original fue elaborada por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el gobierno de México ha ‘exportado’ la experiencia de los becarios de Jóvenes Construyendo el Futuro. Este programa, bajo la coordinación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) y de la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AMEXCID) garantizará la operación, el seguimiento y la supervisión del programa JCF en estos tres países centroamericanos.

En Centroamérica, los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras y las oligarquías locales le apuestan a exportar pobres que envíen remesas desde EEUU, dejando intocada una realidad de violencia sistémica, que borra toda esperanza de una vida mejor.  La pregunta obligada es: ¿resulta creíble seguir con prácticas que criminalizan la migración irregular, y al mismo tiempo decir que se tiene una política de cooperación al desarrollo? Si bajo Trump EEUU y México se coordinaron para combatir a los migrantes, ¿pueden ahora asociarse para proteger y respetar sus derechos humanos?  

3. Educación pública de calidad para los más pobres 

En Centroamérica he visto algo que en México no hemos logrado: escuelas públicas que imparten educación gratuita y de calidad, y que contribuyen a la formación ciudadana con conciencia crítica y de compromiso social. 

Fe y Alegría ve la educación como un bien público, y sus escuelas se ubican en barrios populares y zonas rurales en situación de pobreza y pobreza extrema. La escuela es gestionada con la participación de los padres de familia, que forman parte de la comunidad educativa. Su objetivo fundamental es avanzar hacia el cumplimiento del derecho universal a una educación de calidad – entre sus alumnos están la hija de la trabajadora del hogar, el hijo del puestero del mercadito de la esquina, los hijos de campesinos e indígenas.

Entre 2018 y 2021, alumnos en situación de riesgo de escuelas de Fe y Alegría en Guatemala, El Salvador y Honduras, cursaron su bachillerato técnico en planteles del Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (CONALEP) en el estado de Puebla. Ello se logró merced a la Iniciativa Regional de Cooperación Educativa Pro-Jóvenes Centroamericanos, impulsada por una alianza entre Fe y Alegría Centroamérica; Puente Ciudadano, AC; y el Centro de Educación y Docencia Económicas (CIDE), contando con el apoyo de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) y la AMEXCID.

El proyecto Jóvenes Promesas representa un modelo de cooperación multi-nivel (local, estatal y nacional) y multi-sectorial (familias de envío y de acogida, instituciones educativas, gobiernos, organismos internacionales, iglesias, sociedad civil, sector privado) que puede ser reproducido en circunstancias diversas.

4. Temas y actores en una nueva cooperación educativa con Centroamérica

Con frecuencia se dice que en Centroamérica no hay interlocutores, pero esto no es así. Aquí no se trata de sustituir a los gobiernos, pero en Centroamérica tendríamos que trabajar supletoriamente en asociación con organismos de sociedad civil, fundaciones privadas, nuevos liderazgos en el sector privado, academia e iglesias.  

Hay una apuesta por el desarrollo que no puede fallar: las iniciativas por la educación de las niñas en comunidades campesinas e indígenas, y en barrios de bajos ingresos. Las niñas se ven forzadas a abandonar sus estudios y quedan confinadas a las labores del hogar, sin acceso a la escolaridad, porque los padres prefieren invertir en hijos varones. 

 

En Guatemala conocí el programa ‘La luz de las niñas’, de la ONG jesuita española Entreculturas (https://bit.ly/3bEq5Rb) y la red de escuelas Fe y Alegría. Está orientado a visibilizar y denunciar las prácticas dañinas que soportan las niñas, las jóvenes y las mujeres, así como a fortalecer su autoestima. Si se crean las condiciones para que las niñas sigan estudiando por lo menos hasta terminar el bachillerato, los efectos multiplicadores en el desarrollo serán múltiples e inmediatos: 

a) Las niñas con educación son menos propensas a sufrir violencia doméstica. Conocen sus derechos, incrementan su autoestima y pueden defenderse mejor.


​b) La mortalidad infantil se reduce en 15% cuando la madre tiene la primaria terminada, y hasta en 49% cuando ha concluido la educación secundaria.

c) Un incremento de 1 por ciento del número de mujeres que terminan la educación secundaria abona 0.3 por ciento al crecimiento del PIB.

 

d) Una niña que permanece en la escuela evita embarazos precoces y cuando se convierte en madre, transmite a sus hijos un código de valores y una visión del mundo ensanchados. 

La cooperación educativa en nuestra región deberá tener como objetivo el desarrollo más completo posible de las capacidades individuales de niños/as, adolescentes y jóvenes para una vida digna y fecunda: he ahí nuestra apuesta para hacer a nuestros países más habitables.

‘Volver a la normalidad’ tras la pandemia y los huracanes no puede ser equivalente a mantener el statu quo. Una nueva narrativa sobre la región debe subrayar que, en vez de exportar pobres, resulta crucial invertir en nuestra propia gente. El presidente Biden ha acertado con su Plan para las Familias Americanas, al dar prioridad a la inversión para la salud y la educación de los niños estadounidenses. Ese ‘nuevo trato’ debe generarse y reproducirse en Guatemala, El Salvador, Honduras y, por supuesto, México.

Tenemos que instrumentar una estrategia de desarrollo en la cual, quienes generen valor económico, social, político y cultural puedan tener una vida digna. En este sentido, la visita de la vicepresidenta estadounidense Kamala Harris a Guatemala y México, los días 7 y 8 de junio, han sido una oportunidad que no nos podemos dar el lujo de desperdiciar.

 

NB: Fragmentos de este texto, de mi autoría, han sido publicados previamente en EL UNIVERSAL.