1. Escenarios y expectativas ante una nueva presidencia en Estados Unidosl

Foto de mana5280 vía Unsplash

Volver a empezar: La relación comercial México-Estados Unidos bajo la administración Biden

 
Tony Payan[1]

Director del Centro para los Estados Unidos y México

Instituto Baker de Política Públicas, Universidad de Rice

 

Introducción

Se ha hablado y escrito sobre la buena relación personal entre el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el presidente de México, Andrés López Obrador. Se citan como instancias las aprobaciones que los dos se han lanzado y la visita de López Obrador a la Casa Blanca el 7 de julio del 2020. Pero tal relación personal realmente no existe. La supuesta buena voluntad de un presidente al otro se ha dado más bien en una vía inmaterial en la cual sus estilos personales en el quehacer político son tan parecidos que se puede decir que “se entienden bien,” aunque no se conozcan.

 

También se ha dicho que López Obrador ha sabido neutralizar inteligentemente los peores instintos antimexicanos de Trump. Se da como ejemplo de esto la manera en que han colaborado en migración, gracias a la cual Trump ha bajado de nivel la retórica contra México. Esto también es cuestionable. Lo que sucede es que ambos líderes practican tan bien el ensimismamiento que con cualquier gesto distractor “se dejan en paz”. Los dos presidentes viven, en efecto, cada quien sus paces y sus desasosiegos. Es decir, el uno y el otro han encontrado la manera de empatar sus visiones, manteniéndose cada quien en su propio carril.

¿Esto está a punto de cambiar? Sí (en estilo) y no (en substancia). En efecto, precisamente porque Estados Unidos y México no son irrelevantes el uno al otro y, ante la derrota de Donald Trump en su intento por obtener un segundo mandato, una de las interrogantes más importantes de hoy es cuál será la relación de López Obrador con la nueva administración de Joseph R. Biden Jr.

Qué cambia y qué no cambia

Por supuesto que la negativa de López Obrador a reconocer el triunfo electoral de Biden ha sido notada en el equipo de este. Pero Biden no es en sí un político resentido y revanchista—como Trump o el mismo López Obrador. Eso seguramente pasará. Los desencuentros que puedan llegar a la relación de México con la administración Biden seguramente van a aparecer por otras avenidas—la necesidad de atender los estragos de la crisis de salud pública y la crisis económica que le siguió, así como los compromisos políticos del propio Biden. El augurio es complejo.

En un primer nivel, la llegada de Biden a la presidencia de EEUU representa para López Obrador la pérdida de un eco legitimador en la Casa Blanca. En Biden, López Obrador no encontrará un alma gemela en su manera de verse a sí mismo o en sus relacionarse con otros actores—internacionales o domésticos; ni a un aliado ideológico con una visión nacionalista; ni a alguien a quien se le pueda impresionar con halagos y gestos simbólicos, como lo fue el maltrato a los transmigrantes en su paso por México. Aun así, Biden no verá en López Obrador a un aliado y, aunque respetuoso, seguramente le exigirá enérgicamente lidiar con temas que el gobierno de México ha preferido ignorar—esto incluye el colapso de la seguridad en México y la implementación completa y cabal del T-MEC.

Segundo, Biden es un político más institucional, más disciplinado, más gradualista y más seguro de sí mismo y de los intereses y objetivos de los Estados Unidos. Sus designaciones recientes apuntan precisamente a una administración más tradicional, aunque de corte liberal. Se termina la estridencia y el personalismo de Trump, pero no termina con esto la importancia de asegurarse desde Washington que México actúe acorde a una agenda bilateral empapada de intereses estadounidenses. Con base en esto, su proceder hacia México se antoja mucho más institucional y formal, pero no por eso más blando y laxo. De hecho, se anticipa que los pases que Trump ha dado a López Obrador en materia de seguridad y de comercio van llegar a su fin. Ello incluye un tratado comercial, el T-MEC, mucho menos liberal que el TLCAN, y más acorde con los intereses de Estados Unidos. De esto más un poco adelante.

Tercero, Biden encontrará un panorama muy difícil dentro de Estados Unidos, no solo porque es urgente contener la pandemia y lidiar rápidamente con los estragos que esta ha causado sobre la economía, sino también por los intereses adquiridos durante su campaña electoral. Y estos temas, aunque aparentemente de naturaleza doméstica, tienen el potencial de un alto impacto sobre la relación entre ambos países. En este sentido, la alianza que hizo Biden con los sindicatos de trabajadores en Estados Unidos es clave—le dieron su voto, y esperan algo a cambio. El T-MEC sin duda se verá con la lupa de la nueva administración y ninguno de los elementos que favorecen a Estados Unidos sobre México será descartado.

El T-MEC como ejemplo de una relación complicada

Por supuesto que la migración, la seguridad, la frontera, y otros temas clave estarán sobre la mesa de la relación binacional. Sin embargo, la implementación del nuevo T-MEC, que sustituyó al TLCAN el 1 de julio del 2020, va a ser central en la relación de México con la próxima administración Biden y el termómetro de la relación entre la Casa Blanca y Palacio Nacional. Y el hecho de que ya se encuentre en vigor no quiere decir que las prioridades de Biden y López Obrador no choquen de frente en los próximos cuatro años. Veamos algunos de estos temas en los cuales pudieran darse conflictos importantes.

Energía

El presidente López Obrador ha tomado medidas concretas para dar marcha atrás a la reforma energética de México. Aunque no lo ha hecho por la vía constitucional o legislativa, sus acciones y omisiones apuntan en esa dirección y han sido muy claras. Ha buscado capturar y debilitar los órganos reguladores de la energía. Ha hecho lo posible, aun contra el sentido común, volver a encumbrar a las paraestatales, Petróleos Mexicanos (PEMEX) y la Comisión Federal de Electricidad (CFE), a la gloria de un pasado que posiblemente no existió. Ha desincentivado la inversión privada, extranjera y nacional en el sector en aras de un objetivo: la soberanía energética, la cual confunde con la seguridad energética. Finalmente, la administración de López Obrador ha mostrado un desdén claro por las energías limpias, prefiriendo regresar al carbón y los combustibles fósiles para alcanzar sus objetivos.

La política energética de López Obrador tiene dos problemas, los cuales van a ser cada vez más evidentes. En primer lugar, violan el espíritu de la reforma energética, enarbolada en el tratado, y viola el espíritu de los compromisos adquiridos por México en el esfuerzo por revertir el cambio climático que amenaza con cambiar por completo el destino de la humanidad.

Ante estas políticas públicas, en los Estados Unidos, donde hubo inicialmente un enorme entusiasmo por la reforma energética en México en el 2014-2017, hay ya muchas voces tanto políticas como del sector privado argumentando que el gobierno de México viola no solo la palabra del T-MEC sino también el espíritu de este. Ahora bien, aunque es cierto que la administración Biden tendrá un portafolio doméstico sobrecargado, no hay ninguna razón para pensar que no habrá atención a la política energética de López Obrador. Los observadores del sector energético de México seguramente seguirán presionando para que López Obrador implemente la reforma—y esto verá a López Obrador forzado a revertirla de jure y no simplemente de facto, dejando expuestas sus intenciones de manera más clara. Y es aquí donde seguramente habrá un desencuentro en los próximos cuatro años—quizás uno de los más importantes.

Protecciones Laborales: Coincidencias y Consecuencias

En materia laboral, las disputas entre los dos países seguramente se incrementarán. México carece de mecanismos para monitorear de manera efectiva sus compromisos en esta materia, y es por eso que Estados Unidos insistió en la creación de equipos para asegurarse que México cumpla con sus compromisos bajo el T-MEC. El agregado laboral en la embajada de Estados Unidos seguramente tendrá que tener acceso libre para asegurarse que México cumpla con los cambios prometidos.

La administración Biden, dados sus compromisos con los sindicatos que le ayudaron en su victoria electoral, tendrá como objeto, asegurarse que México cumpla con estos compromisos que, al final, están diseñados para reducir la competitividad salarial del trabajador mexicano, especialmente el trabajador manufacturero, obligando a México a subir los salarios sustantivamente. Y aunque pudiera haber una coincidencia con los deseos del presidente López Obrador, este seguramente sabe cuál fue el objeto de la reforma laboral mandatada por el T-MEC y quizás busque posponer o reducir su impacto o incluso considere los paneles de inspección una injerencia sobre la soberanía de México.

 

Aun así, la administración Biden probablemente buscará que México cumpla con las reformas laborales a las que se comprometió, y que están diseñadas para dar una ventaja importante a los trabajadores estadounidenses de cara a los trabajadores mexicanos. Biden seguramente buscará avanzar esas ventajas para el trabajador estadounidense, especialmente, como ya se dijo, porque él ganó, en gran parte, gracias al apoyo de los sindicatos de trabajadores en Estados Unidos, especialmente en los estados cruciales de Wisconsin, Michigan, y Pensilvania.

Cabe decir, sin embargo, que el nuevo acercamiento a los mercados laborales, incluyendo el de Biden, es, de hecho, mucho más proteccionista que el del TLCAN, y no se espera que Biden muestre una cara más liberal que la de Trump ante las circunstancias económicas de Estados Unidos resultado de la pandemia. Al contrario, las fuerzas laborales de México y Estados Unidos en materia laboral en el sector manufacturero bien podrían verse como rivales, y no como complementarias.

El sector automotriz

Las industrias automotriz, de acero, y de aluminio en México van a tener dificultades cumpliendo con los estándares de contenido nacional que exige el T-MEC, esto es particularmente cierto porque México se ha comprometido a generar alrededor del 50% del contenido nacional de un automóvil o de las partes componentes de un automóvil producido en el país a un precio de $16 dólares la hora, cuando los salarios mínimos tienen un valor de $4 dólares al día (y aunque en estas industrias el salario es mucho más alto, este no llega a $16 dólares la hora). Al final, México tendrá problemas cumpliendo con los requerimientos del contenido nacional, especialmente ante el colapso de su industria del acero y del aluminio en el país, cuya competitividad habrá sido reducida al mínimo.

 

Ante este panorama, México tendrá que importar gran parte de esos materiales primarios de Estados Unidos y de Canadá, aumentando su dependencia, en contradicción a lo prometido por López Obrador. A la administración Biden, esta dependencia del acero y aluminio estadounidenses le caerá bien, y no deben esperarse cambios para ayudar a México a tener una industria—automotriz o de partes automotrices—más competitiva.

Muchos fuegos igual a un incendio

Estos son meramente tres ejemplos de los muchos pequeños desacuerdos y desencuentros que se pueden esperar entre las administraciones de Biden y de López Obrador. Y aunque no se espera una confrontación—ese no es el estilo de Biden, sí se pueden esperar muchos pequeños fuegos, que a larga se pueden convertir en un gran incendio. En este sentido, López Obrador deberá reiniciar la relación con Washington y eso no será fácil. Es muy posible que requiera incluso un equipo completamente nuevo al que hoy está a cargo de esta relación en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Al final, se puede aseverar que, en Biden, México no va a encontrar un mejor socio—y quizás por eso López Obrador le apostó a Trump. Pero lo que Biden sí ofrece es una mejor cara, con una retórica menos estridente, aunque también una política mucho más sistemática y disciplinada, que al final de cuentas tiene más que ver con la política interna de Estados Unidos y su necesidad de recuperación que con un orden liberal que le sirvió a México durante un cuarto de siglo, a pesar de sus desventajas para los trabajadores mexicanos. Depende de México reconcebir la relación con Estados Unidos y volver a empezar.

Notas

[1] Tony Payan es también profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

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