3. Importancia de las remesas en las economías
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Una fallida Cumbre de las Américas:

Más grandes desafíos ignorados y un enfoque migratorio anacrónico

 
Oscar Chacón
Alianza Americas

 

La novena Cumbre de las Américas, realizada del 6 al 10 de junio pasado en la ciudad de Los Ángeles, California (la primera después de la pandemia mundial desencadenada por Covid-19) fue una oportunidad desperdiciada. Los más grandes desafíos que afectan a las sociedades del hemisferio occidental fueron mayormente ignorados. Consecuentemente, sus resultados fueron mayormente irrelevantes, dado que desafíos tales como la creciente inequidad económica, y el deterioro de los pobres avances democráticos de las últimas décadas, no llegaron a ser temas centrales del trabajo de las delegaciones oficiales. Irónicamente, al final de dicha Cumbre, se anunció una declaración migratoria. La ironía reside en que el tema migratorio en el hemisferio nunca apareció listado como un tema prioritario de tal evento. Los contenidos de la Declaración Migratoria no fueron nunca consultados con organizaciones de sociedad civil del hemisferio.

 

En síntesis, sigue siendo más necesario que nunca avanzar en la capacidad organizativa y de exigencia política de los pueblos del continente a fin de que los tomadores de decisiones económicas, políticas y sociales entiendan de una vez por todas que ante la creciente desigualdad económica, social, y política, no se puede seguir desperdiciando oportunidades para articular e implementar una nueva generación de políticas públicas y acuerdos regionales que encaminen al continente hacia un mejor futuro para las mayorías.

El reto más importante que hoy enfrentan los pueblos del hemisferio accidental no es nuevo. Incluso antes de la pandemia de COVID-19, Latinoamérica ya experimentaba uno de los niveles más altos de desigualdad económica entre las diferentes regiones en el mundo. La pandemia profundizó y acentuó las enormes brechas entre ricos y pobres a lo largo del hemisferio occidental. Ante esa desalentadora realidad, los líderes políticos que se reunieron en Los Ángeles fallaron en centrarse en formas verdaderamente creativas -e incluso atrevidas- para abordar las inequidades sistémicas.

Las naciones del hemisferio occidental también están atravesando una crisis política que se ejemplifica en las tendencias autocráticas y extremistas que se observan en Estados Unidos de América, Brasil, y con ecos en El Salvador, Perú e incluso Costa Rica. Un segmento amplio y creciente de la población de todo el hemisferio occidental ha perdido la confianza en la noción de que los partidos políticos convencionales, o incluso las formas democráticas de gobierno, pueden resolver sus problemas más apremiantes. Esta alarmante tendencia debería de impulsar a los líderes del hemisferio occidental a entablar una conversación seria sobre cómo redefinir el significado práctico de la democracia y presentar planes innovadores para practicar la transparencia, la rendición de cuentas y la cooperación hemisférica de manera que se concrete la promesa de sociedades prósperas, sostenibles y democráticas en todo el hemisferio. En este campo, la Cumbre de las Américas recién celebrada dejó también muchas decepciones.

Además del doble desafío de inequidades sistémicas y democracias disfuncionales, el cambio climático ha venido irrumpiendo en la vida de los pueblos del hemisferio accidental, y no puede seguir estando reducido a declaraciones románticas que en la práctica ignoran la gravedad de la crisis climática y ambiental. Los efectos del cambio climático ya están amenazando a las comunidades del Caribe y la ciencia nos advierte que estamos a punto de alcanzar un grave punto de inflexión en el Amazonas. Para que podamos contener y revertir esta amenaza existencial para todas las formas de vida en nuestro planeta, las naciones del hemisferio occidental deben tomar medidas significativas y urgentes para poner fin a la dependencia de los combustibles fósiles y adaptarnos ante la crisis que ya está en curso. Desgraciadamente, este fue otro campo donde la Cumbre de las Américas dejó mucho que desear. Desdichadamente, seguimos muy lejos de alcanzar acuerdos valientes que se apliquen con urgencia y rigor. 

Los retos que enfrentan las sociedades del hemisferio occidental son alarmantes y monumentales, pero no son imposibles de resolver. Sin embargo, hacerlo requerirá de un verdadero liderazgo y un compromiso firme con romper con la forma habitual de hacer las cosas. Afortunadamente, disponemos de puntos de referencia para avanzar. Un punto de partida es comprometerse plenamente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) establecidos hace años, y que ofrecen un conjunto mínimo de resultados específicos que todas las naciones deberían comprometerse a generar. Sin embargo, los ODS son sólo un estándar mínimo. Podemos y debemos hacer más. Por encima de todo, las naciones de todo el mundo deben cambiar el rumbo del sistema de políticas económicas que nos ha llevado a la situación actual. Sencillamente, no podemos repetir los errores de las últimas décadas, esperando obtener un resultado diferente.  Además, debemos exigir que las afirmaciones de apoyo frecuente ante los ODS, se traduzcan en cambios tangibles, en vez de reducirlas en afirmaciones frecuentes que no llegan a nada.

Sin embargo y a pesar de los peligros claros y presentes que enfrenta nuestro bienestar colectivo, la Novena Cumbre de las Américas resulto ser una oportunidad más desperdiciada para trazar un plan verdaderamente nuevo que permita avanzar hacia tiempos mejores para los pueblos del hemisferio occidental, especialmente para aquellos que han sido históricamente ignorados, excluidos y dejados de lado. Los líderes de nuestro hemisferio parecen preferir centrarse en distracciones, en lugar de enfrentarse en las soluciones reales. 

Los preparativos de la cumbre se vieron dominados por desacuerdos sobre quién debería ser invitado y quién tenía legitimidad de tomar decisiones sobre los asistentes.  Los líderes políticos del hemisferio ciertamente tienen desacuerdos en torno a sus orientaciones ideológicas y las políticas que abrigan, pero eventos como estos son oportunidades poco frecuentes para escuchar todas las opiniones. La exclusión de ciertos gobiernos y la decisión de otros líderes de no asistir a un evento internacional en el que no se escucharán todas las voces y opiniones, simplemente facilita que se eviten las discusiones centrales que debieron abordarse.

El tema de la migración forzada

Más allá de las disputas sobre qué gobiernos pueden participar, una de las mayores distracciones de la novena Cumbre de las Américas fue el tema de la movilidad humana a través de las fronteras en el hemisferio occidental. Las últimas décadas han marcado un período de importantes desplazamientos de población en el hemisferio occidental. En general, estos desplazamientos han sido forzados. No sólo por conflictos convencionales, como las guerras, los desastres ambientales devastadores, y gobiernos antidemocráticos, sino por la negación sistemática de los derechos económicos, sociales, políticos y culturales a grandes segmentos de la población de las naciones latinoamericanas y caribeñas. En este sentido y ante la ausencia de políticas migratorias realistas, humanas y con sentido común, emerge la migración forzada, que tiene lugar de manera no autorizada y por vías peligrosas, la cual es un síntoma del fracaso de las personas en posiciones de liderazgo de abordar y resolver las rupturas sistémicas de larga data.

La misma tarde del 10 de junio, y después del anuncio de la Declaración Migratoria suscrita por la mayoría de los gobiernos convocados a la novena Cumbre de las Américas, el secretario de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, Alejandro Mayorkas, anuncio la más grande operación en la historia del hemisferio accidental con el fin de atacar las redes del crimen organizado internacional dedicadas al tráfico de personas. Independientemente del contenido de la Declaración Migratoria adoptada durante la Cumbre, este anuncio del secretario Mayorkas dejó muy claro el énfasis principal de la política migratoria de este país, y su imposición “sutil” con sus vecinos al sur de sus fronteras.

Los Estados Unidos de América, que ahora albergan a casi 22 millones de personas nacidas en Latinoamérica y el Caribe, principalmente de México, han permitido que el debate público y político esté dominado por fuerzas políticas impulsadas por el odio racial y étnico, así como por la xenofobia y la aporofobia contra personas presentadas como empobrecidas e indeseables. Durante la mayor parte de los últimos 40 años, la política de inmigración de Estados Unidos ha estado dominada por la contención, la restricción, la exclusión y el castigo. Desde al menos en el 2014, este enfoque de política pública se ha extendido activamente más allá de las fronteras de Estados Unidos, a través de acuerdos bilaterales o regionales.

Las premisas políticas y comunicacionales que dominan todo lo relacionado a la migración y las personas migrantes en el hemisferio occidental está divorciada del impacto positivo y bien documentado que la migración ha tenido tanto para las naciones de destino, como para las de origen. El impacto positivo de la migración ha sido enorme, no sólo en términos económicos. Se extiende a las esferas sociales, políticas y culturales. El mayor beneficiario de la migración ha sido Estados Unidos de América. Las personas migrantes han inyectado juventud y dinamismo demográfico a una población y comunidades que de otro modo serian una sociedad de personas envejecidas e incapaces de renovar su base demográfica elemental. Las personas migrantes han revitalizado industrias enteras, haciéndolas muy rentables, y han añadido literalmente sabor y color al paisaje cultural estadounidense, desde la comida hasta la música.

Si la formulación de políticas sobre la migración y las personas migrantes en el hemisferio occidental se rigiera por los hechos y no por la ideología y los prejuicios, las Américas podrían ser un brillante ejemplo de políticas visionarias, humanas y mutuamente beneficiosas para todas las partes involucradas. Lamentablemente, las principales consideraciones de política pública siguen estando motivadas por un conjunto de premisas antiguas y falsas. Si no estuviéramos hablando de seres humanos, las implicaciones no serían tan trágicas. Pero, de hecho, el enfoque negligente de las políticas migratorias a lo largo de las últimas décadas, como también las políticas y prácticas hacia las personas migrantes provoca sufrimiento e incluso la muerte diariamente.

La tragedia ocurrida en las cercanías de San Antonio, Texas la semana del 27 de junio, donde 53 personas migrantes, principalmente de México, Guatemala, y otros países centroamericanos perdieron su vida tras haber sido abandonados dentro de un camión de carga, representa la última evidencia de las consecuencias de una política criminal que busca de manera obsesiva la contención de los flujos migratorios por encima de cualquier otra consideración. Esta tragedia se suma a muchas otras del mismo tipo que han dejado miles de muertos desde 1987, cuando los Estados Unidos de América inició su fallida y criminal política de contención de flujos migratorios. Mientras la política migratoria siga siendo regida por una lógica de contención, exclusión, restricción y castigo; sin reconocer la naturaleza altamente positiva de las migraciones, y sin atender los factores que obligan a tantas personas a tener que huir de sus países, vamos a seguir viendo más tragedias humanas como esta.

 

El punto de partida indispensable para una sana deliberación política es centrarse en los hechos, así como en los factores desencadenantes que obligan a las personas a tomar la dolorosa decisión de buscar seguridad y bienestar en tierras extranjeras. Los resultados de un enfoque como éste no se producirán de la noche a la mañana. Llevará años, sino décadas. Requerirán mucha innovación en todos los aspectos. Sin embargo, a corto plazo, los siguientes enfoques nos ayudarían a avanzar hacia mejores resultados en el reto de la movilidad humana:

Se debe ofrecer protección humanitaria y apoyo a las personas que se ven obligadas a huir de sus países. La migración forzada no sólo se genera por la violencia grave. Ocurre cuando los padres deben enfrentarse a un nuevo día sin saber cómo van a proveer para sus hijos y otros seres queridos. La frontera sur de Estados Unidos representa una de las crisis humanitarias más acuciantes del hemisferio, con decenas de miles de personas en una situación de dolorosa incertidumbre en torno a su futuro. Es crucial reconocer que los pilares aún dominantes de las leyes de protección humanitaria se establecieron hace más de 70 años, bajo una realidad mundial muy diferente a la actual. Por lo tanto, los enfoques de protección humanitaria deben actualizarse de acuerdo con las realidades actuales.

Se debe ofrecer un canal para documentar adecuadamente la presencia de poblaciones que han residido en una nación determinada durante más de tres años e integrarles de todas las maneras posibles. El caso de Estados Unidos de América, donde cerca de 11 millones de personas han residido durante muchos años sin el beneficio de la integración legal en su país de adopción, es claro que esta es una de las situaciones más urgente a resolver.

Se deben redefinir y ampliar los programas de empleo temporal para trabajadores extranjeros. Es crucial reconocer que muchos programas de este tipo tienen un historial de violaciones sistemáticas de los derechos laborales. Una nueva generación de estos programas no debe limitarse a reproducir las antiguas prácticas. Deben innovar de manera que pongan en el centro los intereses de todas las personas trabajadoras, nacionales y extranjeras. Es totalmente posible que una nueva generación de programas de trabajadores temporales, definidos adecuadamente, pueda desempeñar un papel clave en la reducción de las desigualdades sistémicas en los países de acogida, así como en los de origen.

Los líderes políticos y económicos del hemisferio deben de buscar nuevas y mejores maneras de acordar un sistema integrado de alcance hemisférico para la portabilidad de las prestaciones laborales, la inclusión económica, la jubilación y los programas de salud. El patrón de movilidad humana nunca ha sido realmente en un solo sentido, y lo será aún menos en el futuro. Por lo tanto, la creación de mecanismos que permitan a las personas acceder a las prestaciones sociales en el país en el que residen, sobre todo en el caso de los trabajadores de mayor edad que deseen jubilarse en un país diferente al de su vida laboral, es crucial. Debemos avanzar hacia la portabilidad de la seguridad social. Otro ámbito de integración es la inclusión financiera. Los historiales de ingresos y créditos deben ser aplicables a través de las fronteras. Esto permitiría a muchas personas migrantes hacer uso de herramientas financieras como los préstamos hipotecarios dondequiera que deseen comprar una vivienda.

Estas recomendaciones son sólo una muestra de las innovaciones de políticas públicas que deben introducirse para avanzar en el manejo de la migración y los derechos de las personas migrantes desde un enfoque basado en el sentido común, como también en el bienestar de las personas. Además, debemos recordar que, a pesar de los muchos factores que empujan a la gente a salir de sus países, la mayoría de los habitantes de las naciones de Latinoamérica y del Caribe optan por quedarse en sus países. Esto es así porque la gente ama a sus familias, ama a sus comunidades, ama sus costumbres, ama a sus países. 

Por último, y vuelvo al punto de partida, la tarea más importante es articular un nuevo conjunto de estrategias económicas, sociales, políticas y culturales diseñadas para abordar, de una vez por todas, los antiguos defectos sistémicos que los responsables de la toma de decisiones han permitido que se agraven por demasiado tiempo. Conseguir que este reto fundamental se solucione debería ser el foco de atención de los servidores públicos, las elites económicas, y la sociedad civil organizada del hemisferio occidental, más allá de eventos como la Cumbre de las Américas. Desde la perspectiva de la sociedad civil, organizaciones como Alianza Americas nos comprometemos a hacer que los responsables de la toma de decisiones rindan cuentas sobre las necesidades y los derechos de las comunidades más allá de las fronteras.