Los ingresos fiscales del gobierno: déficits y retos
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PRESENTACIÓN

 

Elio Villaseñor Gómez

Director de Iniciativa Ciudadana para la Promoción de la Cultura del Diálogo A.C.

Podré no estar de acuerdo con lo que dices,

pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo

 

François-Marie Arouet, «Voltaire»

 

 

 

El país se encuentra a la mitad de sexenio y un primer bimestre de inicio de una segunda parte de gobierno que no perfila un mejor año, dado que los componentes económicos y financieros los rebasa la pérdida de confianza en la actual Administración por parte de inversionistas nacionales y extranjeros, lo que repercute en una lenta recuperación de la economía, que la mayoría de los agentes del mercado estima persistirá más allá del 2024.

Además, en la actual Administración federal se acentúan déficits que agravian a la sociedad en general, como la desaparición de organismos públicos, el rezago cada vez más marcado en materia de salud a causa de la pandemia del SARS-CoV2, la pérdida de empleos o la generación de plazas de trabajo marcados por la informalidad y la precariedad salarial, así como un crecimiento de la población en situación de pobreza (de 2.5 millones de personas en lo que va del actual sexenio), a pesar de las transferencias y donaciones en especie de los programas sociales. A lo anterior se añade la crisis de seguridad con un alza en los índices de violencia, y la turbulencia política soterrada provocada por el propio Ejecutivo Federal, situación que polariza el debate en diversas materias del quehacer nacional.

Es un escenario en el que no se prevé un mejor pronóstico porque, además, prevalecen las interrupciones en las cadenas de suministro, los contagios por el coronavirus y sus variantes, el endurecimiento de las condiciones monetarias en México y una inflación al alza (que en enero fue de 7.07% a tasa anual).

Además, es preciso destacar que, para este año, la Secretaría de Hacienda está comprometida a mantener la deuda controlada y el Presupuesto equilibrado, en un contexto en el que una de las principales metas fiscales es mantener un balance primario en equilibrio como proporción del PIB, a pesar de que desde diversos foros se subraya como urgente y necesaria una reforma fiscal que permita ampliar el gasto federal para impulsar la reactivación económica, sin relajar la disciplina fiscal. Sin embargo, a pesar de ser una premisa de política económica fundamental, desde el gobierno se le percibe como una medida propia del conservadurismo fiscal, a pesar de que para este año se proyecta un Déficit Público de 875 mil 570 millones de pesos, que representará el 3.1% del PIB, en un contexto económico en el que la recuperación sigue siendo frágil, incompleta y diferenciada entre sectores.

En su lugar, se impulsan medidas para seguir adelgazando al gobierno eliminando y/o fusionando organismos y dependencias gubernamentales, así como para mantener el mandato de austeridad vía “ajustes” presupuestales, que ocasionan mayores problemas de empleo y reducen aún más la eficiencia del gobierno para responder a las demandas ciudadanas. Ello, en una coyuntura en la que la credibilidad del discurso presidencial sobre la austeridad y el combate a la corrupción se ha erosionado.

Además, el contexto mundial será un factor determinante para la economía global y la de México en el 2022, pues si bien en el 2021 las economías nacionales observaron una sólida mejoría de los registros económicos, impulsados por un elevado gasto de los consumidores y un cierto repunte de la inversión junto a un comercio de bienes que superó los niveles anteriores a la pandemia, el crecimiento global se desaceleró considerablemente a finales de 2021, se prevé que se prolongue en este año.

En esa línea, para este 2022, organismos multilaterales y agentes del mercado prevén que la recuperación económica continúe, aunque a un menor ritmo, con un pronóstico de crecimiento cercano al 5% para el PIB global, debido a la persistente inflación, la interrupción de las cadenas de suministro y la consecuente falta de insumos y productos, a lo que se suman los costos monetarios y humanos a consecuencia de los contagios y muertes por las variantes del SARS-CoV-2.

Si lo anterior ensombrece el panorama económico para 2022, éste se torna aún más alarmante por la situación de guerra entre Rusia y Ucrania, que se presume podría extenderse más allá de esa región, con implicaciones aún más graves para la economía internacional, una situación de la que México no podrá estar exento o sustraerse, pues aunque se trate de un conflicto geopolítico en la Europa Oriental, su probable escalada militar representaría un nuevo obstáculo a la recuperación de la economía global.

Es un horizonte aciago en el que como sociedad nos encontramos en una disyuntiva: ser actores testimoniales de cómo los asuntos públicos transitan por la vía de la descomposición como resultado de las pugnas entre la clase política (con la negación del pluralismo político, posturas de confrontación y la ausencia de una visión de Estado), o empezar como ciudadanos a tomar las medidas tanto en el corto y largo plazos para una reconstrucción del país, con base en un diálogo real para establecer espacios de convivencia democrática, con ánimo de buscar la legitimación de políticas públicas o de decisiones producto del consenso entre sociedad organizada y entidades de interlocución política y gubernamentales.

En esta toma de conciencia debemos asumirnos como una colectividad rectora, con lucidez política y social y dispuesta a remontar la abstención política de la sociedad civil, que como propósito gubernamental se inflige desde la esfera del poder. En suma, la toma de conciencia sobre la situación en que los ciudadanos nos encontramos, debe ser el gran vector para una verdadera reconstrucción del país con ideas y principios democráticos.

En esa línea, el actual es un momento crucial para el país que nos exige como ciudadanos a no perder el tiempo en cuestiones que distraigan o dividan. Es una coyuntura que nos exige bregar para abrir espacios de diálogo sobre los temas urgentes con una visión incluyente en el interés de que al país le vaya bien y para avanzar por vías que urgen a ser transitadas con optimismo y una visión constructiva del futuro.

 

No se trata de crear espacios en los que solo se escuche un diálogo de uno a uno, el reto es pasar, sin matices, de la simulación al diálogo amplio y plural, en el que se privilegien las coincidencias constructivas para crear entornos de acuerdos convergentes. Para ello, también se requiere de liderazgos con credibilidad, prestigio y con capacidad para reconciliar y sumar para el beneficio colectivo sobre los temas más imperiosos de la agenda pública.

No se trata de formular sólo un catálogo de buenas voluntades. Se trata de reconstruir la narrativa en la que la sociedad se apropie del espacio público, pero con una actitud reforzada con la tolerancia y el diálogo incluyente, sin estridencias ideológicas, con altura de miras y con la apuesta a favor de la reciprocidad que exige a todos el vivir en la misma casa.

Por ello, en este momento de la historia necesitamos actores que dejen de lado los intereses pequeños de poder y sean visionarios de que nos toca vivir un momento clave para reconstruir una mellada democracia y para sentar las bases de la reconstrucción de las buenas prácticas de gobierno, la gobernabilidad y la gobernanza del país, que perfilen un futuro de avances ciertos hacia destinos predecibles.

Es un reto mayúsculo con una buena dosis de razonable pragmatismo, que como sociedad podemos aportar al reorientar las diversas fuerzas sociales comprometidas con las ideas y los principios de la democracia y el bien común

Es un reto mayúsculo con una buena dosis de razonable pragmatismo, que como sociedad podemos aportar al reorientar las diversas fuerzas sociales comprometidas con las ideas y los principios de la democracia y el bien común.