2. Retos ante la inseguridad, las violencias y la desigualdad

Foto de Carlos Jasso/Reuters

Todos estamos co(VID-19)nectados. Cinco propuestas para un mundo mejor pospandemia

 
Luis Reygadas[*]

Profesor del Departamento de Antropología

Universidad Autónoma Metropolitana

¿Cómo te gustaría que fuera el mundo después de la pandemia? ¿Qué cambios quisieras de aquí al año 2030? El nuevo coronavirus nos ha interpelado como humanidad, como especie. Todos estamos co(VID-19)nectados. Hay diferencias entre unos países y otros, pero nuestro destino está más enlazado que nunca. Lo que comenzó en Wuhan ha cambiado la vida de miles de millones de personas. En los próximos meses (¿años?), en tanto no exista una vacuna, el riesgo global persistirá: basta que en cualquier rincón del planeta haya personas contagiadas de COVID-19 para que la enfermedad se pueda extender a otros lugares. No sabemos si las cosas serán mejores o peores después de esta crisis, pero necesitamos respuestas globales, tenemos que pensar como humanidad. Bosquejo aquí cinco propuestas que, en mi opinión, nos acercarían a un mundo mejor. Estoy seguro de que habrá otras más acertadas, más sensatas, más viables. Lo importante es comenzar a debatir sobre los caminos posibles, empezar a pensar como especie humana.

1. Un sistema global de salud, de acceso universal.

Una pandemia global tiene que atacarse de manera global. Si algunos países o algunos sectores sociales se quedan rezagados, los riesgos de nuevos brotes persistirán para todos. En un mundo tan interconectado como el actual, la salud de unos tiene que ver con la del resto. Una globalización viable requiere sistemas de salud sólidos en todo el mundo. En las últimas décadas las instituciones públicas de salud se han visto deterioradas, abandonadas a la lógica del mercado y la ganancia. Cientos de millones de personas no tienen acceso a atención médica de calidad. Incluso algunos países desarrollados vieron desbordadas sus redes hospitalarias frente a la crisis de contagios.

La salud es un derecho humano fundamental. Para garantizarlo, es necesario que en todos los países exista acceso universal a los servicios médicos básicos, que éstos cubran a toda la población, independientemente de su situación laboral. Se requieren sistemas nacionales de salud fuertes, autónomos, pero que estén enlazados en un sistema global, que pueda responder de manera coordinada a los retos actuales. La pandemia de COVID-19 es uno de ellos, pero hay muchos otros.

Respuestas globales a este padecimiento hubieran salvado miles de vidas y hubieran reducido su impacto económico. Hay que conjuntar esfuerzos de investigación; cuando se tengan vacunas y tratamientos para la COVID-19 tienen que ser un bien común, patrimonio de la humanidad, no propiedad exclusiva de algunos países o algunas empresas.

En ese sistema global de salud,. las voces de la comunidad científica y de la sociedad civil deben tener más peso que los de la industria farmacéutica. Debe proteger las vidas de las personas, no los intereses de los gobiernos y las corporaciones. No puede estar regido por el modelo médico hegemónico, que favorece la hipermedicación y propicia el alza de los costos de fármacos y equipos médicos[1]. Tendría que poner énfasis en la prevención y en la atención primaria a la salud de los sectores de escasos recursos. No debe olvidarse que enfermedades estrechamente vinculadas con la pobreza causan estragos en pleno siglo XXI: cada año enferman de malaria más de 200 millones de personas y más de 400,000 mueren por ese padecimiento; enferman de tuberculosis más de 1 millón de niños y mueren por esa causa más de 250,000, mientras que mueren por enfermedades diarreicas más de medio millón de niños[2].

¿De dónde podrían provenir los enormes recursos para crear un sistema global de salud? El punto de partida es lo que los gobiernos gastan actualmente en salud. Pero tiene que complementarse con aportaciones provenientes de los actores que más se han visto beneficiados con la globalización. Desde hace varios años, Thomas Piketty ha propuesto un impuesto mundial progresivo al capital[3]. La base de ese impuesto sería el valor de mercado de los activos financieros (en especial cuentas bancarias, acciones y participaciones en las empresas) y no financieros (en particular inmobiliarios). Piketty propone ese impuesto para reducir las enormes desigualdades del mundo contemporáneo.

Ese objetivo es muy válido, pero a los poseedores de grandes fortunas no parece interesarles el problema de la desigualdad. En cambio, es más probable que se pueda establecer un impuesto de este tipo si se destina en primer lugar a financiar el sistema global de salud universal. Una contribución global COVID-19 puede ser el primer paso hacia un mundo más justo y con mayor bienestar. No se trata de un gravamen exageradamente alto, tampoco uno que afecte a los pequeños y medianos capitales. Un impuesto razonable a las grandes fortunas sería suficiente para que todo el mundo tuviera acceso básico a la salud[4]. Si tan solo se estableciera un gravamen del 5% a las 2 mil personas más ricas del mundo, se reunirían cada año 450,000 millones de dólares, cantidad que equivale a 165 veces el presupuesto anual de la Organización Mundial de la Salud[5]. Esta contribución global COVID-19 podría aportarse en dinero, en especie, en apoyo a la investigación o a proyectos de salud, siempre y cuando sea de carácter obligatorio y sea progresiva en función del monto de la fortuna.

2. Una era de mujeres al frente de gobiernos

La segunda propuesta para un mejor mundo pos-COVID-19 es que durante la próxima década elijamos a gobernantes mujeres; no por el simple hecho de ser mujeres, sino como una búsqueda de dirigentes que garanticen mejor el bienestar de toda la población. Un sistema global de salud requiere muchos recursos, impuestos, coordinación entre muchos agentes. No es fácil, pero es prioritario. En contraste, una década de gobernantes mujeres no requiere un solo dólar, bastaría con el voto y la decisión política de la mayoría de la ciudadanía. En el manejo de la pandemia de COVID-19 han destacado varios gobiernos encabezados por mujeres: Katrín Jakobsdóttir en Islandia, Sanna Marin en Finlandia, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Tsai Ing-wen en Taiwan, Erna Solberg en Noruega, Mette Frederiksen en Dinamarca y Angela Merkel en Alemania[6].

De ningún modo quiero decir que las mujeres siempre gobiernen mejor o que no existan gobiernos dirigidos por hombres que hayan enfrentado bien la pandemia. En algunos de estos siete países, los buenos resultados también se deben a que existen sólidos sistemas de salud con cobertura universal o muy amplia. Parece haber evidencia de que gobiernos encabezados por mujeres reaccionaron más temprano y otorgaron mayor prioridad a la salud y la protección de la población. No hay esencias masculinas ni esencias femeninas, tanto mujeres como hombres podemos defender la vida y el bienestar. No se trata de encasillar a las mujeres como especialistas en los cuidados. Al contrario, la intención de esta propuesta es destacar la capacidad que han mostrado como dirigentes, en el espacio público. Se trata de contribuir a romper los techos de cristal que han impedido que más mujeres alcancen los puestos más altos en el gobierno y en la sociedad.

Lo importante no es que al frente de los gobiernos se encuentren hombres o mujeres, sino personas que otorguen prioridad a la protección de la salud y el bienestar de toda la población. Estoy convencido que muchas mujeres pueden encabezar esta reorientación de las políticas públicas. En la crisis actual, no es casualidad que muchas mujeres gobernantes hayan reaccionado bien y a tiempo, mientras que algunos gobernantes hombres no han estado a la altura del desafío.

Es sintomático que dos presidentes anti-feministas, Donald Trump y Jair Bolsonaro, encabecen la lista de gobernantes que no han sabido privilegiar la salud y la vida en esta crisis. Frente a la COVID-19, el cambio climático y el aumento de la violencia parecen encallar los políticos que emplean lenguajes bélicos y machistas. Para abordar estos retos contemporáneos, parecen más adecuadas mujeres gobernantes que hablan y trabajan en clave de cuidados y colaboración, lo mismo que aquellos hombres que hayan comprendido la naturaleza de los desafíos de esta nueva época.

¿Qué pasaría si entre 2020 y 2030 en todo el mundo eligiéramos más mujeres al frente de los países, de las ciudades, de los parlamentos, de los organismos internacionales? ¿Serviría de algo que votáramos por mujeres y hombres que pongan la salud, la vida y la sustentabilidad por encima de otros intereses económicos y políticos? Creo que sería un cambio muy positivo. Vale la pena intentarlo. Elegir a más mujeres gobernantes me parece una señal inequívoca de un mundo que busca proteger la salud y mejorar la calidad de vida.

En los meses previos al confinamiento, en muchas partes del mundo hubo intensas movilizaciones contra la violencia hacia las mujeres, en particular en América Latina. La elección de gobernantes mujeres y personas sensibles a la agenda de género es también un símbolo de la necesidad de recuperar las demandas de esas movilizaciones. Sospecho que los gobiernos encabezados por mujeres tendrían posiciones más colaborativas para enfrentar de manera coordinada los problemas globales.

3. Jornada laboral de 24 horas semanales (o menos)

Si en los próximos meses todos regresamos a trabajar y a consumir como antes, como si nada hubiera pasado, los riesgos de contagios y de nuevas pandemias serán enormes. Transportes públicos saturados, centros comerciales repletos, fábricas y oficinas con miles de personas trabajando codo a codo, estadios con decenas de miles de personas, sitios turísticos atestados. Como ha dicho Bruno Latour, hay que aprovechar que por primera vez en la historia la economía mundial frenó en seco. Es el momento de cambiar de rumbo, de ralentizar el paso, de disminuir las horas de trabajo, de comprar menos,  de consumir de manera responsable. Es crucial para que el planeta sea viable y evitemos los colapsos ecológicos[7].

Durante el confinamiento, se ha hecho evidente una tremenda desigualdad entre la población ocupada: los ingresos de quienes tenemos empleos estables se mantuvieron o disminuyeron un poco, mientras que los ingresos de muchas personas que carecen de empleos estables desaparecieron o se redujeron de una manera drástica. El desempleo estructural, en particular entre la población joven, es uno de los problemas más serios de nuestra época. Con la pandemia se agravó aún más. No se solucionará si la mitad de la población adulta trabaja jornadas muy largas y la otra mitad sigue desempleada o subempleada. La alternativa es que la gran mayoría de las personas en edad de trabajar tengan un empleo fijo, con ingresos dignos y prestaciones adecuadas, pero con menos horas de trabajo. Si durante la próxima década se pasa de una jornada media de 40 horas a la semana a una de 24 horas semanales se podrían crear aproximadamente 40% nuevos puestos de trabajo. Y todo el mundo tendría más tiempo para otras actividades.

Pueden buscarse diferentes maneras de distribuir las 24 horas semanales de trabajo: en tres, cuatro o cinco días a la semana, en combinaciones de trabajo presencial y trabajo virtual, de acuerdo con el sector y las actividades. En muchos casos lo más razonable y ecológico sería que cada persona tuviera tres jornadas de ocho horas, porque se reducirían los traslados y disminuirían las aglomeraciones en el transporte público[8], algo que es fundamental después de la pandemia. Cada país, cada sector y cada empresa podrían buscar los arreglos más adecuados; la idea clave es que haya más puestos de trabajo, pero con menos horas laborales.

Desde la Revolución Industrial la reducción de la jornada de trabajo ha sido la mejor manera de evitar que el aumento de la productividad se traduzca en mayor desempleo. Frente a los avances de la automatización se hace aún más necesario disminuir las horas de trabajo de cada persona. La necesidad de no congestionar los espacios después del SARS-CoV-2 hace más razonable no salir a trabajar todos los días. Esto, además, reduce el abismo de inclusión y exclusión que divide a quienes trabajan 10 ó 12 horas diarias y a quienes no tienen empleo.

Pero ¿qué pasaría con los salarios si se reduce la jornada laboral? Hay muchas personas que tienen ingresos muy bajos, que no pueden permitirse una disminución drástica de sus salarios. Para enfrentar este dilema sería conveniente pensar en cuatro sectores de trabajadores: quienes no tienen un empleo estable, quienes  tienen empleo estable con salarios bajos, quienes tienen empleo estable con salarios medios y altos, y quienes  trabajan por su cuenta, como independientes.

Para el primer grupo, que padece el desempleo estructural y no tiene trabajo durante largas temporadas, la propuesta de reducir las horas de trabajo les beneficia, porque serían quienes podrían ocupar los puestos vacantes generados por la reducción de la jornada del resto; para ellos representa la posibilidad de acceder a un empleo fijo, con ingresos dignos y condiciones de trabajo adecuadas.

Para el segundo grupo (empleo estable con salarios bajos), el reto es diseñar mecanismos para que una reducción del 40% en sus horas de trabajo no implique una disminución del 40% en sus ingresos, es decir, que en la medida de lo posible conserven los ingresos previos. Esto parece imposible, pero no lo es. En primer lugar, con una jornada semanal de 24 horas se puede lograr un incremento en la productividad, que permitiría proteger el ingreso. Países que tienen jornadas de trabajo más cortas se encuentran entre los que tienen mayor productividad: Noruega, Luxemburgo, Dinamarca, Finlandia y Alemania, entre otros[9]. En segundo lugar, el Estado se ahorraría muchos recursos por la reducción drástica del desempleo y la disminución de enfermedades laborales (entre otras el estrés). Estos recursos podrían destinarse a la protección del salario.

En tercer lugar, el sector que tiene empleos fijos con ingresos medios y altos vería reducidos sus ingresos, pero la ventaja es que trabajaría durante menos horas. Esto sería posible con un cambio en el paradigma de vida y de consumo de la clase media y alta: una pequeña baja en los ingresos y consumir un poco menos, a cambio de disponer de más tiempo libre, reducir el estrés laboral y disminuir los traslados al trabajo. Muchos aceptarían el trato.

Por último, en el caso de los trabajadores independientes son ellos mismos quienes fijan su jornada laboral, pero muchas veces la alargan por no contar con certeza en sus ingresos y por carecer de servicios médicos y otras prestaciones. Podrían reducir sus horas de trabajo si sus actividades tuvieran mayor respaldo institucional y si existe un sistema universal de salud y otras prestaciones a las que tiene acceso el resto de la población trabajadora. Es un nuevo pacto para todos: dejar atrás la pesadilla del modelo de trabajar hasta el agotamiento y consumir hasta el hartazgo. Es una manera de escapar a la moderna sociedad del cansancio[10], en la que nos exigimos un rendimiento cada vez mayor para mantener el vértigo consumista que deteriora la naturaleza y nuestra salud física y mental.

En aquellos casos en que se ha experimentado la reducción de la jornada de trabajo, los resultados han sido positivos: aumenta la productividad por hora, el personal pide menos permisos para ausentarse del trabajo, disminuyen las reclamaciones de los clientes y los márgenes de ganancia se mantienen y en, muchos casos, aumentan[11]. Hay, sin embargo, resistencias de trabajadores que temen que bajen sus ingresos y de empresarios que piensan que mermarían sus ganancias. Esas resistencias se pueden vencer mediante acuerdos laborales que beneficien a todas las partes, lo mismo que con la toma de conciencia de que la reducción de los excesos workahólicos y consumistas puede dar paso a una mejor calidad de vida.

La reducción del 40% (o más) de la jornada de trabajo es una propuesta complicada, sería difícil que se instrumentara de manera drástica, de un día para otro. Pero a lo largo de una década podría conseguirse esta meta. Una jornada laboral de 24 horas es un símbolo de un mundo en el que compramos menos, pero vivimos mejor. La disminución de las horas de trabajo y del consumismo es uno de los componentes de una alternativa civilizatoria orientada a una relación sustentable con el medio ambiente.

 4. Etiquetas ecológicas en todos los productos y servicios

La mejor forma de prevenir futuras pandemias es construir un mundo más sustentable. Es evidente que la relación depredadora con la naturaleza está en el origen de la transmisión del SARS-CoV-2 a los humanos. El cambio climático y el deterioro medioambiental demandan cambios profundos, que tomarán varias décadas. Podemos comenzar con algo muy sencillo: que todos los productos y servicios tengan una etiqueta ecológica, que en una escala del 1 al 10 certifique qué tan sustentables son, en comparación con otras opciones. Los bienes más amigables con el medio ambiente y con la salud tendrían etiquetas verdes con notas entre 8 y 10, los de sustentabilidad media rótulos amarillos con calificaciones de 6 y 7. Los productos y servicios menos amigables tendrían etiquetas rojas con numeración del cero al cinco[12]. La asignación de puntajes requeriría evaluaciones rigurosas, diseñadas y supervisadas por organismos independientes, que no estén controlados por las empresas y los gobiernos.

Para el consumidor, el esquema sería muy simple: podría identificar con facilidad qué tan ecológicas son las mercancías que se le ofrecen. De un solo golpe de vista, sabría qué tan verde es su smartphone[13], qué tan beneficioso para la salud es el tomate que va a comer, cuál es el impacto ambiental de un medio de transporte, qué tan sustentable es la ropa que va a comprar, si la botella de agua que va a beber tiene una etiqueta roja porque recorrió miles de kilómetros antes de llegar a su mesa.

Las etiquetas ecológicas pretenden que los consumidores devengan ciudadanos[14], que sean incluidos en el esfuerzo por construir un mundo más sustentable; buscan que el simple acto de comprar se convierta en un voto en favor del medio ambiente. Millones de pequeñas decisiones de compra pueden estimular a las empresas que consumen menos energía y se asocian con proveedores locales, así como desestimular a las que más dañan al medio ambiente. A esta acción molecular de las personas, se pueden sumar políticas públicas que otorguen apoyos a los productores más sustentables y limiten o erradiquen los procesos con mayores impactos negativos sobre el entorno. Agricultura urbana, agricultura orgánica, permacultura y  consumo de productos de entornos cercanos son prácticas que pueden reducir seriamente la huella de carbono. La pandemia nos ha enseñado que podemos consumir menos, comprar menos ropa y preparar más comida en casa.

Si después de la pandemia provocada por el nuevo coronavirus, no avanzamos hacia un mundo más sustentable, las próximas catástrofes ecológicas pueden ser más devastadoras. Etiquetas ecológicas en todo lo que consumimos, un pequeño símbolo de la necesidad de reorientar el desarrollo con énfasis en la salud, el bienestar social y la sustentabilidad.

5. Construcción de un puente en el Estrecho de Gibraltar

Es increíble que todavía no exista una comunicación terrestre entre Europa y África en la parte oeste del Mediterráneo. Desde el  punto de vista geográfico se encuentran realmente cerca: en la parte más angosta del Estrecho de Gibraltar sólo 14 kilómetros separan a España de Marruecos. A pesar de que África y Europa han tenido relaciones intensas desde hace muchos siglos, no se ha construido un puente que los comunique en esta zona. Un puente evitaría que cada año muriesen cientos de personas que intentan llegar a Europa por vía  marítima: la ONU calcula que entre 2014 y 2020 han muerto alrededor de 20,000 migrantes tratando de cruzar el Mediterráneo[15].

Desde 1979, España y Marruecos acordaron la construcción de un enlace terrestre a través del Estrecho de Gibraltar, pero la obra no se ha realizado. Desde el punto de vista técnico no es un proyecto complicado. En el mundo, existen 44 puentes con más de 15 kilómetros de longitud, incluyendo uno en China que recorre más de 160 kilómetros sobre el mar. Incluso hay una propuesta para construir una presa puente en el Estrecho de Gibraltar, que además de lograr la conexión terrestre entre los dos continentes podría ayudar a regular el nivel del agua del Mediterráneo, problema que se vuelve cada vez más preocupante[16]. Una obra de este tipo debería tener en cuenta las características de las placas tectónicas de África y de la península Ibérica, además de que debería prever el tránsito de vida marítima. Pero la razón principal para que no se haya construido una conexión terrestre en el Estrecho no es geológica ni ecológica, sino geopolítica: la resistencia a vincular en forma digna a África con el resto del mundo, la pretensión de mantener a Europa como una fortaleza.

Esta proposición puede parecer demasiado específica, que atañe sólo a dos regiones. Pero, al igual que las otras cuatro, es una propuesta símbolo, en este caso representa la aspiración de una humanidad mejor conectada, sin abismos entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente. Pude haber propuesto la demolición de todos los muros y cercas que separan la frontera entre México y Estados Unidos de América. Veo un puente en el Estrecho de Gibraltar como un misil simbólico contra el muro de Trump, contra el Brexit, contra el resurgimiento de los nacionalismos recalcitrantes. Con el SARS-CoV-2 se han intensificado los delirios racistas y las tentaciones proteccionistas. Muchos pensarán que la mejor salvaguardia contra una pandemia es aislarse del mundo y endurecer las políticas migratorias. Yo estoy convencido de lo contrario: el cierre de las fronteras provocará migraciones clandestinas, que multiplican el riesgo de la llegada de personas que no pasan por una revisión de salud. Los traficantes de personas no hacen pruebas de COVID-19, los inmigrantes indocumentados no suelen acudir a los servicios de salud por temor a ser deportados. En cambio, si toda la migración es legal y abierta todos los países podrán establecer los filtros sanitarios y las medidas de prevención que sean necesarios. Además, si se crea el sistema global de salud universal, propuesto más arriba, se derrumba uno de los argumentos de las políticas anti-migratorias: la salud de toda la población, migrante o no migrante, será una responsabilidad global, compartida. Por otra parte, el muro de Trump y la fortaleza europea no impidieron que Estados Unidos de América y Europa estuvieran entre las regiones más golpeadas por la pandemia.

Un puente en el Estrecho de Gibraltar es una metáfora de un mundo más conectado, con mayor libertad de tránsito, en el que las fronteras sean meras instancias administrativas y no barreras de exclusión, en el que no sean necesarios los campos de refugiados.

Todos estamos co(VID-19)nectados. Es cierto que la difusión de una enfermedad contagiosa es más rápida en un mundo globalizado, interdependiente e intensamente urbanizado. Pero con una población mundial cercana a los ocho mil millones de personas el aislamiento es una ilusión vana y peligrosa. No se trata de eliminar las interconexiones, sino de transitar de una globalización enferma, que puso en el centro los intereses de las élites políticas y económicas, a una globalización sustentable, que haga énfasis en las personas, en la salud y en el medio ambiente. Sería terrible que los países poderosos y las grandes compañías farmacéuticas se enfrascaran en una lucha por controlar las vacunas, las medicinas y los tratamientos.

¿Queremos vivir en un mundo en el que cada país se convierta en una fortaleza (supuestamente) inexpugnable? En la actualidad, la salud de las personas, de los animales y vegetales, del medio ambiente, de las economías e incluso de las redes digitales es un desafío global. Tenemos virus, movimientos financieros, cadenas productivas, basura, desechos industriales, organizaciones criminales y flujos cibernéticos que trascienden las fronteras. Pero los gobiernos, los organismos de salud, los mecanismos fiscales, las políticas redistributivas, los dispositivos judiciales y las instancias parlamentarias siguen siendo nacionales y, en muchos casos, nacionalistas. Las dinámicas globales demandan una gobernanza mundial. La construcción de la gobernanza global tomará décadas, quizás siglos. Pero es posible dar pequeños pasos en esa dirección.  

     

Un sistema global de acceso universal a la salud, financiado por un impuesto mundial al capital (contribución global COVID-19) es la primera piedra de un estado de bienestar global, de un mundo menos desigual. Una década de gobernantes mujeres es una ruta hacia gobiernos colaborativos, que pongan la vida en el centro, que encabecen un mundo que tienda a eliminar las inequidades de género y otras inequidades. La jornada de 24 horas es una baliza que busca evitar el despeñadero de la sociedad del cansancio y del consumismo. Etiquetas ecológicas como emblema de una nueva relación con la naturaleza, prioridad para prevenir pandemias y catástrofes ambientales. Un puente en el Estrecho de Gibraltar como metáfora de un mundo conectado en el que una persona pueda caminar desde Ciudad del Cabo hasta el este de Asia, sin muros que separen Norte y Sur, Oriente y Occidente. Son cinco simples propuestas. No constituyen una estrategia articulada ni un plan meticulosamente elaborado. Solo bosquejan el mundo en el que me gustaría vivir después d la pandemia.

Notas

[1] Eduardo Menéndez, “Modelo hegemónico, modelo alternativo subordinado, modelo de auto atención. Caracteres estructurales”, en La antropología médica en México (México, Universidad Autónoma Metropolitana: 1992). Véase también Pedro Reygadas “La dictadura consentida en la epidemia del miedo”, Revista Mexicana de Orientación Educativa, vol. 17, núm. 38, 2020, pp. 1-21.

[2] Datos de la OMS para 2018; también mueren cada año cientos de miles por trastornos neonatales, prematuridad y bajo peso al nacer.

[3] Piketty, Thomas Piketty, Le capital au XXIe siècle (París, Seuil: 2013).

[4] Piketty ha sugerido que el impuesto mundial al capital sólo se cobre a quienes tengan más de un millón de euros de patrimonio; por ejemplo el 1% anual a patrimonios entre uno y cinco millones de euros y 2% para patrimonios de más de cinco millones de euros; señala que se podría imaginar algo más progresivo para las fortunas más altas: 5% o 10% para quienes tengan más de mil millones de euros (ibídem, p. 838).

[5] Según la revista Forbes, en el mundo hay un poco más de 2000 personas que poseen más de mil millones de dólares, cuyo patrimonio conjunto asciende a unos 8 billones de dólares (ocho millones de millones, que equivalen a ocho trillones en el sistema inglés). Tan sólo un impuesto del 5% a las fortunas de esas 2000 personas arrojaría cada año 400,000 millones de dólares. El presupuesto bianual 2020-2021 de la Organización Mundial de la Salud es de sólo 4840 millones de dólares (Organización Mundial de la Salud, Presupuesto por Programas 2020-2021, Ginebra, OMS). Los multimillonarios deberían ser los primeros en proponer una medida de este tipo: apenas en los primeros meses de la pandemia (4 de abril de 2020) sus fortunas se habían reducido casi 9%, https://forbes.co/2020/04/07/negocios/listado-los-15-mas-ricos-del-mundo-2020/, último acceso: 2 de junio de 2020.

 

[6] Véase “Coronavirus: 7 mujeres que están al frente de algunos de los países que mejor están gestionando la pandemia”, BBC News Mundo, 16 de abril de 2020,  https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52295181, último acceso: 26 de mayo 2020.

 

[7] Bruno Latour, “La crise sanitaire incite à se préparer à la mutation climatique”, Le Monde, 25 de marzo de 2020, https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/03/25/la-crise-sanitaire-incite-a-se-preparer-a-la-mutation-climatique_6034312_3232.html, último acceso: 26 de mayo de 2020.

 

[8] Esto no obsta para que se incremente la inversión en transporte público para reducir su saturación.

 

[9] Hay estudios de la OCDE que fundamentan que a mayor jornada laboral menor productividad; véase, por ejemplo https://www.oecd.org/mexico/jobs-strategy-MEXICO-ES.pdf, último acceso: 23 de junio de 2020.

 

[10] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Barcelona, Herder: 2012).

 

[11] Diego Mariño, “Por qué los países en los que se trabaja menos horas son los más productivos”, La información, 25 de marzo de 2019, https://www.lainformacion.com/economia-negocios-y-finanzas/paises-trabaja-menos-horas-luxembrugo-noruega-mas-productivos/6495826/, último acceso: 4 de junio de 2020.

 

[12] Christian Felber, promotor de la economía del bien común, ha sugerido que las mercancías tengan etiquetas de colores que midan su contribución al bienestar social a partir de cinco valores: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social y participación democrática y transparencia (Christian Felber, La economía del bien común. Un modelo económico que supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad, Barcelona: Deusto, 2012, pp. 55-69.

[13] Richard Maxwell y Toby Miller, How Green is your smartphone? (Cambridge, Polity Press: 2020).

 

[14] Néstor García Canclini, Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización (México, Grijalbo: 1995).

 

[15] “Los migrantes muertos en el Mediterráneo desde 2014 suman más de 20.000”, Noticias ONU, 20 de marzo de 2020, https://news.un.org/es/story/2020/03/1470681, último acceso: 1º de junio de 2020.

 

[16] “La Solución para unir Europa-África y regular el nivel del mar Mediterráneo por el deshielo polar”,

  https://www.youtube.com/watch?v=9bbFyKE2DWw, último acceso: 1º de junio de 2020.

[*] reygadasl@gmail.com

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