3. Aspectos sociales y de seguridad

Abandono escolar en la educación media superior en tiempos de la COVID-19

 
Gabriela de la Cruz Flores

IISUE-UNAM

gabydc@unam.mx

En el ámbito educativo, el abandono escolar es quizá la secuela más cruenta de la pandemia por la COVID-19. Es la renuncia a un presente que se colapsa y mira de frente a la exclusión al interior de nuestros sistemas educativos, destruidos por economías indiferentes al bien común y anclados en esquemas anquilosados, que se han visto desbordados por el traslado abrupto y sorpresivo a la educación a distancia.

El cierre de las escuelas en la mayoría de las naciones y la crisis económica por el paro de las actividades productivas están asociadas al abandono escolar afectando en mayor grado a grupos vulnerables como las poblaciones indígenas, las personas con discapacidad, los jornaleros, los migrantes, los refugiados y aquellos que viven en zonas rurales o en cinturones de pobreza. Grupos para quienes el acceso, la permanencia y el egreso exitoso de los sistemas educativos antes de la pandemia ya representaba un andar cuesta arriba ante realidades adversas.

Mención especial merecen las brechas por cuestión de género, pues son las niñas, las adolescentes y las jóvenes quienes con mayor peso han visto menguada su continuidad escolar ante actividades domésticas, de cuidado e incluso por la violencia física y sexual de las que pueden ser víctimas en sus hogares, lo cual debilita su permanencia escolar y marcará las probabilidades de retornar a la escuela a causa de embarazos precoces y la carencia de apoyos económicos. En tiempos de la COVID-19, las desigualdades y las asimetrías sociales son componentes que han precipitado de tajo las posibilidades de sostener las trayectorias escolares de millones de estudiantes en el mundo.

Abandonar la escuela implica desamparo de derechos, de oportunidades, de expectativas, de esperanzas y de futuro. Revertir los estragos del abandono implicará acciones sostenidas por los Estados y las instituciones educativas a fin de “garantizar que todos y cada uno de los jóvenes tengan la misma oportunidad para continuar educándose, triunfar en la escuela y desarrollar las competencias que necesitan para contribuir a la sociedad” (OCDE, 2020).

En las siguientes líneas se analiza el fenómeno del abandono escolar, lastre de nuestros sistemas educativos y negación del derecho a la educación en el nivel medio superior; se discurre sobre algunos factores que han acentuado dicho fenómeno en tiempos de la COVID-19 y se ofrece una serie de recomendaciones para atajar la problemática y construir pensando en el futuro, el presente que requieren nuestros jóvenes.

 

El abandono escolar como expresión del fracaso escolar

El abandono escolar en la educación media superior es la culminación de un proceso de desgaste y la expresión descarnada del fracaso escolar. Dicho fenómeno está asociado con múltiples indicadores como la desafiliación, la repitencia, la reprobación, el bajo capital cultural, la inserción al campo laboral, las condiciones de pobreza y marginación. En un estudio realizado por D’Alessandre (2017) con datos del SITEAL destaca que adolescentes de 15 a 17 años desescolarizados entre los motivos que expresan como cauce al abandono escolar fueron desinterés (38%), trabajo de mercado (20%) –de mayor peso en los varones– y trabajo de cuidado en el hogar  (20%) –de  mayor peso en las mujeres–.

El fenómeno en cuestión es altamente complejo ya que atañe la intersección de múltiples factores que acaban por quebrantar las posibilidades de continuar con los estudios. Entre estos factores se encuentran aquellos de naturaleza exógena a los sistemas educativos (ej. nivel económico, educativo y vulnerabilidad de las familias; políticas y gasto público destinados a las condiciones de las instituciones; representaciones sociales hacia la educación y la labor de las escuelas); intraescolares (ej. infraestructura; propuestas curriculares; prácticas pedagógicas; formación docente; apoyos hacia el estudiantado; culturas escolares) y aquellos factores que conciernen a la esfera individual del alumnado (ej. género; antecedentes y rendimiento escolar, factores de riesgo; inserción al campo laboral). La naturaleza multifactorial y la concurrencia de múltiples indicadores, demandan de los sistemas educativos redoblar esfuerzos para atajar la problemática desde la actividad escolar.

En América Latina, la atención educativa a población juvenil sigue siendo un asunto que, pese a las políticas, los cambios de orden estructural y las reformas educativas acontecidas en las dos últimas décadas, muestra serias debilidades que agudizan la desigualdad y la fragmentación social, como son los procesos de desescolarización, las bajas expectativas hacia el papel de la educación y la falta de oportunidades laborales. Al respecto López, Opertti y Vargas (2017) refieren dos aspectos clave que se han ido consolidando en nuestra región. El primero integra el reconocimiento y las acciones que los Estados han emprendido para garantizar la educación como un derecho humano fundamental. El segundo ha sido incorporar como parte del ciclo obligatorio de escolarización a la educación media superior, por lo que casi la totalidad de los países de la región consideran ciclos escolares desde edades tempranas (de los 3 a los 5 años) hasta los 17 años.

Sin embargo, el carácter obligatorio de la educación media superior en Latinoamérica ha tenido un efecto contrario al esperado. Los jóvenes de los sectores más desprotegidos, que antes no tenían acceso a dicho nivel educativo, con frecuencia interrumpen o abandonan los estudios, problemáticas que han sido explicadas como producto de las desventajas culturales y sociales con que arriban los jóvenes de los deciles más bajos, comparados con el resto de la población estudiantil (Reimers, 2002).

El abandono escolar en la educación media agrava las condiciones de vida de los jóvenes y el aumento de bajos índices de desarrollo social, especialmente cuando este nivel educativo se perfila como el escalón mínimo para superar el umbral de pobreza, ingresar al campo laboral o, en su caso, continuar con los estudios superiores y convertirse en agentes de desarrollo (INEE, 2011). Incluso diversos organismos internacionales, entre ellos la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), han señalado que, para superar la pobreza y lograr un mínimo de bienestar en la población, se requieren por lo menos 12 años de estudio.

 

Se aceleran procesos de inserción al mercado laboral y se generan desigualdades

El abandono escolar en educación media superior en tiempos de COVID-19 aceleró procesos que ya estaban en curso, como la inserción al mercado laboral y el trabajo de cuidado en el hogar, generando desigualdades por condición económica y por género.

En cuanto al abandono escolar por cuestiones económicas, se reconoce que muchas familias han visto caer de manera dramática sus ingresos, situación que obliga a los jóvenes a ingresar al campo laboral tanto para aportar a la economía del hogar como para sostener gastos derivados de la educación a distancia (ej. costos de internet, equipo de cómputo, libros y materiales diversos). Es de llamar la atención, que en muchos casos, los jóvenes han ingresado al mercado laboral con el propósito de asumir los gastos de sus estudios, sin embargo, las demandas de las actividades laborales tienden a debilitar su permanencia y el seguimiento de las actividades escolares.

Sobre el abandono por tareas de cuidado en el hogar, las jóvenes han tenido que hacer frente a varias situaciones que incrementan la probabilidad del abandono escolar. Por ejemplo, aquellas con hermanos menores han asumido con frecuencia su cuidado y la supervisión de actividades escolares, particularmente cuando los padres tienen que salir a trabajar. Además, llegan a realizar labores domésticas y asumen el cuidado de adultos mayores y enfermos. Es así que el peso por diferencias de género y un sistema social patriarcal condena sus perspectivas de futuro.

Por otra parte, con el traslado de las actividades escolares al seno de los hogares se han decantado múltiples situaciones que acrecientan el abandono escolar y que antes de la pandemia aparecían desdibujados. Por ejemplo, hogares marcados por el hacinamiento generan condiciones adversas para el estudio especialmente cuando la educación media superior requiere mayor capacidad de abstracción y concentración dados los múltiples aprendizajes que se esperan alcanzar. Por otra parte, hogares signados por la violencia son entornos poco propicios para cristalizar los aprendizajes escolares. Además, para muchas adolescentes y jóvenes, el confinamiento ha representado un calvario de abusos e incluso dado lugar a embarazos no deseados, tal como han revelado su aumento en los últimos meses.

Investigaciones que han estudiado a los jóvenes en entornos escolares (Guzmán y Saucedo, 2007; Weiss, 2012) han demostrado que los planteles de educación media superior son más que lugares para aprender: son entornos de convivencia, de interacción, de diálogo y encuentro, donde confluyen múltiples culturas juveniles y se entrecruzan  procesos subjetivos e intersubjetivos. El apoyo entre pares, los espacios de juego y aquellos rincones de estudio han trasmutado a entornos virtuales y otros más se han desvanecido. Es así que otra arista del abandono escolar radica en la desesperanza y el desencanto de la vida sin las escuelas. Escuelas que representaban espacios seguros para juventudes ávidas de compañía y empatía.

Otra causa del abandono escolar en tiempos de la COVID-19 se puede encontrar en las mismas actividades escolares y las debilidades de la formación del profesorado para hacer frente a una situación inédita. Actividades escolares descontextualizadas, centradas en el docente, verticales, poco participativas e insensibles a las condiciones de los jóvenes tienden a ignorar sus necesidades, preocupaciones y realidades, lo cual desgasta el vínculo pedagógico donde debiese imperar el diálogo, el acompañamiento y la aceptación incondicional.

Finalmente, la incertidumbre de nuestros tiempos y cierta mirada pesimista del futuro, han llevado a que adolescentes abandonen sus estudios, blandiendo argumentos que reflejan claros temores por un futuro poco plausible, develando desesperanza y depresión en nuestros jóvenes e incluso orillándolos a conductas de riesgo.

Cabe señalar las consecuencias del abandono escolar a corto y mediano plazo, ya que sin duda afectará la vida económica de las naciones, la formación de cuadros calificados (en especial aquellas opciones profesionales técnicas), el tránsito hacia la educación superior y requerirá inversión para generar estrategias que promuevan el retorno escolar y con ello, asegurar el derecho a la educación y al aprendizaje de calidad.

 

Pensando el futuro para construir el presente

¿Qué futuro(s) estamos dispuestos a construir para las nuevas generaciones? ¿Desde ahora cómo nos comprometemos con quienes asumirán el porvenir de nuestro mundo? ¿Qué tipo de educación requerimos para dignificar la condición humana en tiempos de incertidumbre? A manera de cierre se aventuran las siguientes acciones:

  • Ante la desigualdad diversificar. Para ello, es imprescindible contextualizar los procesos formativos y centrarse en aprendizajes medulares.
     

  • Incorporar a los jóvenes como agentes activos en el planteamiento de opciones educativas. Por ejemplo, a través del diseño de proyectos mediados por el uso de las TIC con una visión comunitaria y de servicio por el bien común.
     

  • Construir espacios de encuentro, de diálogo y de contención (sean virtuales o físicos) que reverberen en ambientes afectivos y seguros.
     

  • Reforzar las acciones de tutoría y acompañamiento, en especial, aquellas que implican el trabajo entre pares.
     

  • Construir comunidades basadas en el cuidado por el otro con el propósito de estar atentos a indicadores que pudieran denotar posible abandono escolar.
     

  • Ofrecer una mirada esperanzadora y realista del porvenir, haciendo partícipes a los adolescentes de decisiones que tienen un impacto en el desarrollo de sus propias comunidades.

 

Referencias

D`Alessandre, V. (2017). La relación de las y los jóvenes con el sistema educativo ante el nuevo impacto de inclusión en el nivel medio. En: López, N., Opertti, R. y Vargas, C. Adolescentes y jóvenes en realidades cambiantes. Notas para repensar la educación secundaria en América Latina (pp.12-40). Francia: UNESCO,

Guzmán, C. y Saucedo, C. (Coords.) (2007). La voz de los estudiantes: Experiencias en torno a la escuela. México: Ediciones Pomares.

INEE (2011). La Educación Media Superior en México. Informe 2010-2011. México: INEE.

López, N., Opertti, R. y Vargas, C. (2017). Adolescentes y jóvenes en realidades cambiantes. Notas para repensar la educación secundaria en América Latina. Francia: UNESCO.

OCDE (2020). La educación es clave para construir una sociedad más resiliente, dice la OCDE. https://www.oecd.org/centrodemexico/medios/panoramadelaeducacion2020.htm, consultado el 22 de octubre, 2020.

Reimers, F. (2002). Distintas escuelas, diferentes oportunidades. Los retos para la igualdad de oportunidades en Latinoamérica. España: La Muralla.

Weiss, E. (Coord.) (2012). Jóvenes y bachillerato. México: ANUIES

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BRÚJULA CIUDADANA. Es una publicación electrónica mensual editada por Iniciativa Ciudadana para la Promoción de la Cultura del Diálogo, A.C., Tel. (55) 55141072, 

Editor responsable: Elio Villaseñor Gómez.

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